“Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto”.

Que nadie se asuste. Son unos versos de Neruda que memoricé con menos de veinte años por el simple gusto de memorizar.

De pequeño, con ocho o nueve años, iba a un colegio gigante en Madrid que parecía Gotham City en el que también me hacían memorizar poesías. Recuerdo perfectamente mi habitación en la calle Ardemáns, la luz castiza y metalizada de patio interior que entraba por la ventana -aquella ventana que escuchaba mis repeticiones-, las cortinas que ondeaban a cámara lenta como banderas de rendición, la persiana torcida y mi mesa, de la que no me levantaba hasta que podía recitar aquel soneto de principio a fin sin volver a mirar el libro, yo en calzoncillos y camiseta, y el calor seco trepando por el respaldo de la silla. Pero no recuerdo ni una sola palabra de aquella poesía larguísima, que después conseguí recitar a mis padres de un tirón y que me reportó una buena nota en Lengua y Literatura. No era un método didáctico muy acertado diría yo.

Un par de años después, en Vélez Málaga, en un colegio de monjas humilde y pequeño en el que sólo existían el azul oscuro y el blanco virginal, gané un certamen interno de poesía. Las obras presentadas, según las bases, debían estar dedicadas a la Navidad cristiana (ay, si Sor Rosario me viera ahora). Gané una gran bolsa de chucherías. No era un premio simbólico, era de verdad la recompensa: un kilo de azucar, colorantes y goma. Mi trabajo hacía una metáfora algo pueril con los polvorones, creo. Tampoco es algo muy pedagógico.

Sí creo más en métodos como el que se emplea en el festival ‘Poesía para empezar’ de La Huerta de San Vicente. He presenciado como los chavales aprenden este género minoritario con técnicas mixtas y disfrutan de lo lindo. Este año participan más de 40 colegios. A los niños se les obsequiará con una especie de ‘pasaporte artístico’ cuando terminen su ‘sesión’. Y no se memoriza por memorizar ni se premian con gomas las odas a la virgen.

La Huerta de San Vicente era la casa de veraneo de la familia Lorca en Granada. Está dentro del parque que lleva el nombre del poeta, en lo que antes era Vega de Granada y ahora es pura urbe. A pesar de los clichés de la alargada sombra del autor de ‘Yerma’, esta institución es un ejemplo a seguir por otras ‘Casas-museo’, mucho más estáticas. Además de ‘Poesía para empezar’, la iniciativa de ‘La verbena con títeres’ es maravillosa (Nico está deseando ver su primera edición, este verano; o yo al menos estoy deseando llevarle, ya veremos qué le parece tanto niño y tanto guiñol), los conciertos son de una calidad internacional y además es escenario para otros muchos festivales de Granada. No entiendo muy bien la dirección de su Patronato, pero bueno, el caso es que funciona.

Otra educación es posible

No es nada fácil lo de elegir educación para un hijo, dicho sea de paso. Ahora se abre el plazo de inscripción en escuelas infantiles en Granada y nos toca estar atentos. Nico aún recuerda con pavor el intento del año pasado, que fue muy breve (“Quita, quita, ni me lo mientes”, me dice con el chupete). En pocos días decidimos que era demasiado pequeño para pasar por aquello y que este primer año iba a estar con nosotros (y su abuela) en casa. Perdonad que lo digamos así, pero es que eso de “que los niños se socialicen cuanto antes” son pamplinas. “Un niño se socializa más saliendo a la calle con su padre y su madre y viendo un coche, un perro, un anciano, un niño y un pájaro que encerrado en una habitación con otros seis como él sentados en tronas”, nos dijo un pediatra. Claro que aquí entramos en el terreno de lo posible; no todos los padres pueden organizarse para cuidar a su hijo y necesitan una guardería. Que sea la mejor posible, entonces.

El próximo septiembre Nico sí que va a ir, pero andando por su propio pie, con casi dos años y agarrado a nuestras manos. Hay que ir con cuidado. Una cosa es ser un educador cariñoso, otra que te gusten los niños y montes una guardería privada, otra que creas que un aparcamiento de bebés pueda ser rentable y otra muy distinta que seas un profesional de la educación. Nico, su madre y yo, nos hemos encontrado de todo en nuestra búsqueda. También hay que tener en cuenta que existen otros métodos pedagógicos que se practican con toda naturalidad en otros países y que aquí aún se catalogan como ‘raros’. Yo mismo, víctima de mis prejuicios y mi oreja carca -tengo una oreja carca y la otra progre-, tiendo a cuestionar estas novedades por mi desconocimiento. Hemos encontrado una escuela que sigue el método Waldorf en la Alpujarra pero está demasiado lejos como para plantearlo de momento… Y también nos hablaron de otro centro que se llama Montessori cerca de nuestra casa, pero curiosamente, al llamarles por teléfono, nos dicen: “Nos llamamos Montessori, pero no seguimos su método”. Como si yo montara la ‘Pescadería Luis’ y dijera: “Nos llamamos pescadería pero vendemos pan”. Allá cada cual.

Este año aplicaremos todo lo que aprendimos el anterior en nuestras pesquisas. Le hemos echado el ojo a determinados centros infantiles y vamos a iniciar la aventura. Deseadnos suerte.

Escuela Infantil Waldorf de la Alpujarra

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