Algunos de vosotros ya lo sabéis porque os he dado la brasa con el video que grabé como prueba. Nico ha dado ya el gran paso. Y otro, y otro después, y más pasos hasta que llegó a la cocina y se dio la vuelta y recorrió el pasillo y persiguió a Velita. Estamos andando y sin agarrarnos a nada, con 15 meses.

Para tan significativo avance yo no estaba en casa. Nico se encontraba disfrutando de una sobremesa vespertina y primaveral con su madre y con sus tíos Jesús y Laura, y decidió que ya era hora de andar. Me enteré al instante -cosas de la telefonía móvil- y aún tuve tiempo de llegar a casa y encontrarle despierto y, sí, andando, como quien no quiere la cosa. Le grabé con el móvil y lo difundí. Este es el documento.

Por un lado te emocionas y te llenas de orgullo, claro. Pero por otro te asustas, aunque solo sea un poco… Hay que hacerse a la idea de que, de repente, un ser al que estás acostumbrado a ver como cuadrúpedo se convierte en bípedo delante tuyo (os remito al gato de la entrada anterior). Además, en principio no sabe parar y mientras anda a un ritmo constante va haciendo aspavientos para mantener el equilibrio como si fuera un astronauta fuera de la nave.

15 meses es una buena edad para andar. Sus amiguitos (que no dejan de ser los hijos de nuestros amiguitos en realidad) lo han conseguido a edades similares. Según aseguran los expertos, es conveniente que el niño empiece a experimentar con su verticalidad por sí mismo; se le puede ayudar, pero no se le debe empujar a ello. Al nacer, los bebés llevan en sí mismos el instinto de andar, y si a un recién nacido lo sujetas por los hombros empezará a mover los pies como si quisiera salir corriendo. Más tarde olvidan ese impulso y sólo lo recuperan con tesón y esfuerzo a partir de los 10 meses, más o menos.

Adiós a los pantalones con barro del parque incrustado en las rodillas. Adiós a caminar como una alcayata para sujetarle con un dedito mientras avanza. Hola a las carreras por los pasillos (“¡Que se va para el enchufeeeeeeee!”), a los zapatos gastados, a los chichones de más envergadura (bendito Arnidol, no sabéis lo bien que funciona) y a bailar en el salón como si fuéramos payasos.

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