Sí, señor, el comeniños. Mamá le ha comprado a Nico una baraja de cartas de animales, de esas de emparejar, un poco anticuada, y nos hemos encontrado con delicias como las siguientes:

  1. El león y el cazador que le mata.
  2. El toro con banderillas y el torero que le mata.
  3. Los perros de circo y el domador que los doma.

Y como remate y comodín, el joker de la baraja: el Comeniños. Qué juego de parejas más romántico.

Carta del lobo Comeniños, con sus cubiertos y su babero

No es la primera vez que nos topamos con juguetes un poco mal pensados. El verano pasado, en nuestra visita a Nerja, también encontramos un puzzle de dudosos objetivos pedagógicos en un bazar oriental. Habrá quien lo compre porque en esta vida tiene que haber de todo.

Puzle de madera con piezas de distintas armas y sus municiones

A Nico intentamos mantenerle un poco ‘no contaminado’ con este tipo de crasos errores aunque sabemos que tarde o temprano se los encontrará -lo cual nunca sería excusa para permitirle tener un arma de juguete-. Es necesario que sepa valorar lo que es un juego y lo que no, lo que tiene y lo que no tiene gracia.

En ese trance me vi en la víspera del Día del Corpus Christi. <ironía>En Granada se celebra tan grandioso día (ya sabéis que tres días tiene el año que relucen más que el sol) con una semana entera de ferias y actividades de lo más innovadoras con el objetivo de atraer un turismo de calidad</ironía>. Entre ellas, el desfile de un maniquí femenino que mostrará el secreto mejor guardado del año, la moda que se llevará la próxima temporada, a lomos de un dragón de cartón y precedido de cabezudos, gigantes y charangas. Se llama la Tarasca, el colmo de la tradición popular, os invito a profundizar en su historia.

Fuimos Nico y yo a verla, para ver si nos integrábamos un poco en la fiesta. Todo medio bien, un carnaval es un carnaval, pero me llamó mucho la atención ver docenas de puestos de gominolas y refrescos literalmente forrados de metralletas, pistolas automáticas y ballestas de plástico. Si los lucen es porque los venden. A esto le añadimos la charanga musical cantando el himno futbolero propio de una despedida de soltero: “Alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual”. Ante tal panorama a la una de la tarde, al ver a niños con los pelos de punta y el pantalón corto alzando sus subfusiles de plástico al cielo y coreando tal consigna ante el aplauso de sus mayores, bajo un sol de justicia, decidí que por fin nos íbamos -Nico estaba deseando largarse desde que vio a los gigantes y cabezudos-, que para ver cosas así ya está el telediario.

No, no tiene gracia. Los niños pequeños no deberían tener juguetes terroríficos y las fiestas populares deberían pensar en ellos por encima de todos los demás. Ya no me vale la excusa de “jugar a indios y vaqueros” -¿y si jugamos a la II Guerra Mundial? ¿O a la Guerra de Bosnia?-. Tampoco la de “yo tuve una escopeta de pequeño y soy tan normal”. Sí, yo también la tuve. Y nuestros abuelos mataban a los perros a pedradas, pero estamos aquí para mejorar la especie, ¿no?

Me acabo de dar cuenta de que he escrito un post crítico con ironías. A ver si me voy a estar haciendo viejo ya… Que no se me ofenda nadie.

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