No hay nada como sentirse viejo. Carca, oxidado, cansado, en la fase 2.

Ha sido un verano de lo más convencional, lo que lo convierte en extraordinario. Nico ya ha descubierto que las olas revuelcan, que si flexionas las piernas y empujas muy fuerte te despegas del suelo, casi puedo asegurar que se ha enamorado de una chiquilla de su edad a la que no sabemos si volverá a ver, que al colegio sí que se vuelve, que una tetera junto a una cacerola, junto a un cajón y una caja hacen una batería… Y cosas un poco más profundas, al estilo Jagger, como que no puedes conseguir siempre lo que quieres, que hay niños malos o que hay un tipo de dolor que no duele.

Aún recuerdo el verano pasado en Nerja. Tras el primero, el verano de un bebé que pisaba la playa por primera vez, pasaba calor y cogía color, una colección de ‘ricurismos’, presentaciones y limitaciones, llegó el de un niño de un año que ya andaba un poco, reconocía caras sin hablar, se acostaba tarde y comía poco. Pero esta vez las dos semanas se han teñido de romanticismo y ‘Verano azul’. Aprendía cosas, pedía otras, realmente disfrutaba el lugar y sus esquinas. Era fácil notarlo, cuando recorría el centro del pueblo en el incomodísimo tren turístico saludando a todos los guiris sólo para ver si devolvían el saludo, cuando nos subíamos otra vez, cuando sabía por qué calle había que ir para llegar a la heladería o a la playa, cuando recordaba lo que había hecho el día anterior, cuando afirmaba haber visto piratas en las Cuevas de Nerja, bebía gazpacho, se enfadaba y sobre todo cada vez que caía totalmente derrotado sobre lo primero blando que pillaba. Y claro, cuando tres días después de volver te miraba muy serio y te pedía desde el fondo de su alma: “Yo quiero ir a Nerja”.

Decía que no hay nada como sentirse carca porque este verano he redescubierto un sentimiento paternal especial: el refuerzo de la memoria. Cruzamos la treintena y sabemos cuál es nuestra marca de ginebra preferida, podemos recomendar un libro tranquilamente, queremos un vaso limpio, saludamos con educación y nos gusta hablar de economía (puaj, pero sí). Si alguien nos pide recuerdos de nuestra infancia nuestro archivo tira de fotos que aún se conservan en la realidad, las visualizamos mentalmente y las ubicamos en su contexto. Es algo que podríamos hacer sobre otras fotografías de otros niños que no fuéramos nosotros, con un poco de imaginación. Los recuerdos reales se quedan como impresiones surrealistas difíciles de contextualizar y describir. Pero ahora tengo un refresco diferente. Nico está pasando por accidentes cotidianos que me inyectan momentos concretos ya olvidados.

Él se acerca al mueble de la cafetería donde están los juegos de mesa. Coge la cajita de los dados por la tapa de arriba sin darse cuenta de que entonces se abrirá por debajo, y los dados de colores ruedan por el suelo en todas direcciones como un fuego artificial pequeño y de madera. En una fracción de segundo, se compunge, mira el suelo mientras los últimos cubos terminan de rodar y mostrar su cara superior; y reacciona con apuro recogiéndolo de forma compulsiva, antes incluso de asustarse. Le decimos que no pasa nada y le ayudamos a recoger, convirtiéndolo en parte del juego. Ahí es donde me contraigo yo y recuerdo en otra fracción el tarro de aceitunas que tiré en un pasillo estrechísimo de un ultramarinos de barrio, en Madrid, el charco en el suelo, a mi madre disculpándose, a mi padre pagando el frasco roto, y que no pasaba nada.

En otros ejemplos acabo recordando la vez que comí tantas pipas que acabé vomitando en el parque. La llegada de la televisión en color o el video VHS a casa. La primera vez que en la guardería me dijeron: “A la cola, pepsicola”, y que me pareció lo más descortés que había oído en mis cortos años de vida. Las leyendas urbanas que los mayores contaban en el autobús del colegio, al pobre Jaime, que una vez se cagó encima y fue ‘El Cagón’ el resto del curso -de poco sirvió que el chofer del autobús le sentara a su lado y le contará las historias de Jaime El Conquistador para que se sintiera mejor; qué importantes son los chóferes-.

Me preocupa mucho lo que Nico pueda recordar cuando sea adulto. Qué imágenes sueltas, frases, habitaciones recordará, cómo me recordará a mí, a nosotros. Nuestro amigo Fernando menciona maravillado que en su infancia para él su padre tenía 30 años y le parecía una cima altísima. No puedo evitar querer que se quede con lo bueno, y es una de las grandes misiones que ahora empiezan para nosotros como padres. Que recuerde que no pasaba nada porque se cayeran los dados, que hubo un tren que recorría Nerja con un cedé en marcha narrando la historia del pueblo, que le ayudamos a hacer una pulsera para la niña que conoció ese verano.

Los domingos, algo superior

Tengo que reconocer, para que no me pese la conciencia, que en este arranque de melancolía sensiblera ha influido mucho el concierto que vimos el pasado 3 de septiembre de Standstill en Alhaurín de la Torre. Presentaron con un espectáculo audiovisual estremecedor su disco ‘Adelante Bonaparte’, en el que se narra la historia de la muerte de un padre transitando por recuerdos, renaciendo y enamorándose de la vida en un final luminoso. La primera parte hablaba, o yo lo creí entender así, de esos recuerdos de la infancia.

Parece mentira que una banda a la que yo seguía hace años como banda hardcore en inglés para descargar adrenalina sea la misma que ahora me sienta en un auditorio a hacerme reflexionar sobre la paternidad. Pero sí, son los mismos. No hay nada como sentirse viejo.

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