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Parece esto un blog abandonado. Pero no es tanto así, no os creais. De hecho, vengo de vez en cuando a visitarlo, a releerme, a repasar, y a preguntarme mientras releo sin atender si esto sobrevivirá lo que deba. Me he propuesto firmemente retomar Nicoyyo. Pero eso no quiere decir nada. Sólo que me lo he propuesto. Y cuando me veo a mi mismo escribir en frases cortas no me fío.

Nico está a las puertas de cumplir cuatro años. Y ya ha sido invitado a un cumpleaños por una compañera de su clase, algo que no había ocurrido antes. Podríamos llamarlo el inicio de su vida social, dado que su vida social hasta el día de hoy era la que le programábamos nosotros, sin elección posible. También estamos intentando que seleccione él quién quiere que venga a su fiesta. Este año la temática es Lorax, el guardián de los bosques. Nos encantan los libros de Dr. Seuss, que conocíamos gracias al ‘Gato del sombrero’ y otros como ‘One fish two fish red fish blue fish’, que me parece una maravillosa relación de versos y dibujos que todo niño debería conocer por su simple hermosura naïf, pero no conocíamos al enano pelirrojo hasta que vimos la película en el cine.

Lorax

Fue la primera vez que pisaba una sala de proyección, hace ya diez meses, en el destartalado cine Madrigal de Granada, un cine de los antiguos que me recuerda a los que yo pisaba en Madrid de pequeño, con esos carteles dibujados, metal por todos lados, grandes asientos rojos con alguna que otra quemadura de cigarrillo, una única película en cartel, acomodadores enchaquetados. Acabará desapareciendo, y yo me tendré que encargar de decirle a Nico que ahí vio su primera película (nota mental: hazle fotos al cine, que luego te arrepientes). Desde entonces, hemos ido a ver tres o cuatro películas más, más las que hemos visto en casa. Le encanta el ritual de las palomitas, la oscuridad y el silencio. Ver que hay más niños es lo que realmente le priva. Ya colecciona sus DVD (bueno, su colección se reduce a cinco, creo) e incluso este año, a los Reyes Magos, les pidió una película. Me llama mucho la atención la inmediatez con la que diferencia una serie de una película, por la introducción, el desarrollo, la calidad de audio y de imagen…

Por nuestra experiencia, recomendamos ver las siguientes para un niño de tres-cinco años:

– ‘Lorax’.

– ‘Cars’.

– La saga ‘Toy Story’.

– La saga ‘Madagascar’.

– ‘Ratatouille’.

En mi humilde opinión, no hace falta que unos dibujos les hablen a los niños como idiotas para que se enteren. Nico me sorprendió con tres años recién cumplidos entendiendo perfectamente la historia del ‘Lorax’. Bueno, a su manera pero sí. Sí hace falta que los personajes estén muy definidos, que no sean demasiados personajes a tener en cuenta, que no haya giros de guión inesperados y que el final quede claro y sin sobresaltos. De verdad que lo pillan. Con algunos libros es más difícil.

Se nos está haciendo mayor. Aún dice “ponido” en vez de “puesto”, pero se va haciendo mayor. Y su madre y yo lo estamos notando en muchas cosas, como la risa nerviosa que le entra al ver una pareja besándose en televisión. “Esos están amorados, papá”, dice. Yo le miro mientras me da la espalda. “Locamente, hijo”.

Joder, ya estoy empezando a terminar las frases con la expresión “hijo”. Esto no tiene vuelta atrás.

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Sí, señor, el comeniños. Mamá le ha comprado a Nico una baraja de cartas de animales, de esas de emparejar, un poco anticuada, y nos hemos encontrado con delicias como las siguientes:

  1. El león y el cazador que le mata.
  2. El toro con banderillas y el torero que le mata.
  3. Los perros de circo y el domador que los doma.

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Ay, madre mía, qué nervios. El primer día de escuela para Nico. Su ropa preparada desde el día anterior, su paquete de pañales con el nombre escrito, su baby reservado… Hoy jueves 2 de septiembre Nico deja de ser un bebé y empieza a ser un niño. Uno de tantos que empieza el cole. Ayer miércoles se lo repetí varias veces, “que mañana vas a Toy Box, que vas a ver a tu seño Loles, a cantar con tus amiguitos”, pero él me miraba como si estuviera recitándole la tabla periódica: esperaba a que terminara chupando chupete y me daba la enhorabuena.

De todas formas, lo que empezamos es el periodo de adaptacion, que como ya comentamos aquí, durará lo que Nico necesite. Esto es, iremos los dos, me separaré de él unos minutos y nos volveremos juntos. Cada día estos tiempos iran creciendo hasta que Nico vaya de 8.30 a 14.30, más o menos.

Para cuando leáis esto, ya estaremos allí, a pesar de los mocos de los últimos días -me acuerdo constantemente de aquella escena de ‘Desafío Total’; buaaaj-. Bueno, ya habíamos estado. Nos dejaron que fuéramos días sueltos durante la escuela de verano, en julio, para que fuera haciéndose con el sitio. Fue fascinante ver en primera persona como estas profesoras -¿por qué casi nunca son hombres?- se ganan la confianza de un niño. Primero le enseñan un juguete de lejos. Luego un poco más cerca, luego se lo tiran, luego se lo tiran más cerca, luego se lo ofrecen desde un metro y acaban por colocárselo encima de la cabeza, sin que Nico le quite el ojo de encima. Cuando te quieres dar cuenta están jugando y el niño ni te mira. Nos gusta mucho su seño.

En cuanto a mí, también es una experiencia nueva. Primero, porque yo de pequeño no fui a guardería, eran otros tiempos. Y segundo, porque me voy a ver rodeado de otras madres -¿por qué casi nunca van los padres?- que también estén de periodo de adaptación. Es un encuentro forzoso que promete anécdotas… Y lo que yo llamo “diálogos de parque”, que suelen construirse sobre debates reglados por dos condiciones:

  1. Todas las frases después de la primera deberán empezar por “Pues el mío/la mía es peor”.
  2. Todos los niños y niñas son tremendamente guapos y se parecen mucho al progenitor presente en ese momento. Sólo en un caso de fealdad simiesca extrema se podrán utilizar elogios esquivos como “Tiene cara de buena persona”.

Recomendación librera

Hace poco Carmen, autora del blog http://dibujosparacanciones.blogspot.com/, me recomendaba ‘La ola’ de Suzy Lee.

Aún tengo que hacerme con ese libro. Es una preciosa historia muda (sin texto) sobre la relación de una niña con el mar. Yo puedo responder con otra recomendación para todos, un libro que me regaló nuestra amiga Noelia, que además va a ser madre dentro de pocos meses. ‘Días de hijo’, de Philip Waechter -pinchad en las fotos para poder leerlas, siento la falta de luz-.

Desde que Nico nació, hace más de año y medio, ninguna novela, ni relato, ni película me habían afectado, ni siquiera los relacionados con niños. Pero con estos dibujos sí. Porque sintetizan tan bien la paternidad durante los primerísimos años que me he visto reflejado en cada viñeta y en cada frase, ese padre soy yo. Y ese bebé es mi niño.

Como hace mucho que no actualizamos y tenemos tantas cosas que contar que ya ni nos acordamos, vamos a hacer primero una sección de titulares y nos ponemos al día.

1. La mantita se perdió en Nerja en junio. Sí, es cierto, es triste. La mantita que nos ha acompañado como a Linus durante quince meses se ha desvanecido en la nada. Al subir de la playa del Papagayo la llevaba en la mano y al entrar en el portal, no. Recorrí la calle Diputación y el Balcón de Europa siete veces pero aquel andrajoso trapo descolorido y apestoso sin el cual no podíamos vivir no apareció. Tenía la forma de una girafa multicolor y le teníamos devoción -su madre y yo lloramos más que él aquel día-. Entonces le costó mucho dormir. Ya ha sido felizmente sustituida por una vaca peluda y un oso rayado, pero nunca olvidaremos la sagrada mantita original.

Vaca y oso, las mantitas de segunda generación para Nico

2. Ya no anda, corre. De hecho le encanta alcanzar velocidades de vértigo aprovechando las cuestas de su barrio y poniendo cara de JackAss. Miedo me da.

3. El agua es su medio, además de la tercera palabra que se ha aprendido. Todo es agua. La nevera es “agua”, el viento es “agua”, la piscina, el mar, hasta yo soy “agua”. No le voy a contar que el cuerpo humano es un 75% de H2O al nacer porque ya se me vuelve loco. Le encanta nadar como un perrito mientras le sujetamos y hacer cafrerías con las olas. Sin miedo alguno, aunque no puede negar la evidencia objetiva de que se hunde como una piedra. También gusta de vaciar en el suelo del salón su cantimplora, le encanta poner en remojo el pienso de Velita y hacer experimentos con el grifo del bidé. “¿Agua?” Sí, Nico, esa vieja que pasa también es agua.

4. Lo que estamos haciendo con helados de varios sabores y tamaños este verano roza la indecencia. Qué poco me dura con el morro limpio, carajo.

5. Ha descubierto el mundo de la música. Por un lado quiere poner discos, pero no sé cómo explicarle dónde va cada cosa. Mete siete cedés en el tocadiscos y cierra la tapa a ver si suena, y nada. Yo creo que ahora mismo está en una fase de DJ, mezclando, mezclando…

6. Es un niño Glück. Si en algún momento tenéis que hacer un regalo especial y diferente a alguien con un niño o una niña como Nico, en Malasaña (Madrid) existe una original tienda infantil llamada Glück, con un blog muy recomendable y mucho más actualizado que éste. También organizan conciertos infantiles con músicos indies. Cosas del siglo XXI. Nico tiene una camiseta del monstruo Augusto Huertas.

7. Ya estoy diciendo frases de padre. Y no me refiero a las típicas sentencias autoritarias masculinas que todo niño trasto oye alguna vez, sino a los sufridos lamentos de un hombre cansado con sus pilas normales intentando alcanzar a un niño con alcalina. “Ve tú, ve tú al columpio, Nico, si yo te miro desde aquí”; “¿Tienes sueño? ¿Seguro que no? Yo creo que tienes sueño”; y cosas así.

8. Ya se sabe muchas partes del cuerpo. Se señala solito la boca, los dientes, las orejas, la nariz, los ojos, el pelo, el ombligo y los pies cuando se lo piden. Y cuando termina de hacerlo pide una galleta señalándola también. Porque también sabe dónde están las galletas.

Hemos entrado en el día 15 de abril, Día del Niño para el calendario español, aunque al parecer cada país lo celebra en distintas fechas. No lo es para la ONU, tampoco lo es en la web española de Unicef, pero la página principal de Google.es si tiene un dibujito con niños, de acuerdo con la wikipedia.

Es lo de menos. De todas formas, tengámoslo en cuenta con nuestros enanos más cercanos, hoy como cualquier otro día, haciendo lo que más les gusta que nosotros hagamos: escucharles atentamente. Aprenderemos cosas tan importantes como la diferencia entre arriba y abajo.

La conjura de los necios

De Ignatius me he estado acordando entre ayer y anteayer con las historias del carrito… Ya sabéis que la elección del vehículo de un niño pequeño no es un asunto menor. Nosotros acertamos de pleno, con un Skate brutal que a Nico le encanta y que encima compramos de rebajas, una auténtica máquina de pasear con ruedas hinchadas -nada de redondeles de plástico-. Anda que no vacilo yo nada derrapando en las esquinas.

Pero hay que reconocer que el empedrado del Realejo es asesino para cualquier amortiguador. De hecho, estos baches seguramente afectarán a mi oído interno en mi edad de oro. Y Nico va en su silla cantando porque le hace mucha gracia cómo le tiembla la voz -claro, papá siempre va deprisa porque llega tarde-. Sinceramente, casi parecen bloques de Lego, pero de mármol de Sierra Elvira. Según tengo entendido datan de los años 60, con lo cual no tienen mucho valor histórico que digamos.

Sé que van con el aspecto de un barrio histórico, pero es que con aceras tan estrechas se producen escenas como la que me ocurrió ayer: una señora vino hacia nosotros subida a la lisa acera, dejando abajo la abultada calzada tan molesta para sus tacones. Nosotros íbamos hacia ella en la dirección opuesta y con la misma prisa. Todo estaba diseñado para que nos encontráramos a mitad de calle. Pero la acera era demasiado estrecha para los tres -perdone, señora, pero es así-. Alguien tendría que bajarse. Cada vez estamos más cerca. Que se baje ella, que nosotros seguimos recto. Me da igual que se despeine esas mechas amarillas, que se baje cuando llegue a mi altura. Me acordé de Ignatius y también de las justas caballerescas. Nico, saca los pies hacia delante que se baja. Bueno que si se baja. ¡Vamos sin miedo!

Y la señora se bajó. Os prometo que antes yo no era así.

Sé que los enfrentamientos entre la Delegación de Cultura de la Junta y el Ayuntamiento de Granada con respecto al respeto patrimonial al barrio del Realejo son intensos. Yo recuerdo el tema de las barandillas, por ejemplo. Pero habría que empezar a pensar en modernizar un poco los accesos y la movilidad de estas calles, que las estrecheces de la acera en la calle Santiago no tienen nombre ni perdón. En Toledo tenemos un ejemplo ejemplar, valga la redundancia, con una escalera mecánica que conecta la parte nueva y el casco histórico. ¿Sería difícil imaginar algo así en el Albaicín, por ejemplo?

Claro que, ahora que lo pienso, esto no soluciona nuestros problemas con el carrito…

El gato bípedo

Por último, Nico y yo compartimos un video tontorrón con el que nos hemos partido la caja y con el que celebramos este Día del Niño

-Cuánto tiempo, amigo, ¿cómo estás?

[Sí, es verdad que no iba desde hace mucho. Como ya no salgo de trabajar tan tarde ahora ceno en casa e intento comer mejor. Pero por una nostalgia extraña y porque tuve que salir casi a las once de la noche a comprar comida para gatos, decidí ir a mi establecimiento de bocadillos árabes favorito, el de la plaza del Realejo, a recordar viejos tiempos de salsa de yogur].

-Bien, estoy bien. Es verdad que hace tiempo que no nos veíamos.

-¿Y tu niño, amigo?

-Muy grande, ya con catorce meses. Ahora es muy divertido, porque interactúa, empieza a andar, come de todo… Me lo paso en grande con él.

-Ah, claro.

[La conversación se desvía unos momentos por temas laborales, la crisis y tal, con este conocido y extraño acento, mientras me prepara la cena. Ya no recuerdo si él era palestino o jordano. Es una buena persona. Joven, en forma, siempre optimista. En los tiempos de aquel trabajo tan duro se convirtieron, él y sus socios del establecimiento, en una especie de oráculos, o asesores, o algo así, porque les encantaba opinar en base a su experiencia propia. Jamás mezclaron religión ni política en los consejos que me dieron. O simplemente eran personas agradables que te daban puntos de vista distintos a los usuales. Volvemos a hablar de niños]

-Es que tener niños es muy bueno, amigo.

-Claro que sí.

-La gente se preocupa mucho y creen que no se puede tener niños. Que hay que tener mucho dinero para eso. ¿Y sabes? Eso es mentira.

-Claro. El dinero que tienes es el mismo, pero lo organizas de otra forma, nada más.

-¿Verdura toda?

-Sí, sí, ponle de todo. Para una vez que vengo…

-Yo tengo una filosofía para la vida, ¿sabes? No nada de religión, no tiene nada que ver. [¿Véis lo que os decía?]. En esa filosofía yo creo que no puedes luchar para ser rico. Hay que trabajar, pero eso no va a hacer nunca que te llegue el dinero más.

-¿Quieres decir que la fortuna nos busca a nosotros y no nosotros a ella?

-Algo así. Mira, yo conozco gente en mi país que tiene quince hijos…

-¿Quince?

-Sí, quince. ¡Y viven como ricos! Pueden hacer lo que quieran y van felices. Y conozco a otros que sólo están preocupados por el futuro, por tener mucho dinero y muchas cosas, y trabajan 24 horas al día para conseguirlo y no lo consiguen jamás teniendo un solo hijo.

-Sí, que antes de que nazca el niño ya están pensando en lo que les costará la universidad…

-¡Claro, eso no puedes saberlo! Mira amigo, yo te digo que detrás del dinero hay algo inexplicable. Es una fuerza, un orden, si quieres llamarlo un dios, llámalo un dios. Es como la naturaleza, se mueve a su manera. Y no puedes obsesionarte con conseguirlo, porque si él quiere venir a ti, vendrá. Lo que hay que hacer es tener un trabajo que te guste y poder vivir de él, pero la fortuna.. Ah, esa no se consigue persiguiéndola.

-Puede que tengas razón. Una cosa es el trabajo, otra la vida y otra la suerte. Nosotros las desarrollamos y ellas se mezclan solas.

-Bueno, es mi filosofía. Recuerda, detrás del dinero hay fuerzas extrañas, amigo.

-Pensaré en ello, gracias. Nos vemos pronto.

-¡Un saludo a tu mujer y tu hijo!

……………

Ahora mismo no recuerdo si me dio la vuelta…

Un gran fin de semana. Nico descansa en su carrito, suspirando, despeinado después del trajín que acabó ayer por la tarde. Ha visto de cerca un buho real y una lechuza, tortugas y mariposas tropicales, puzzles grandes de madera… Ha metido sus manos en sustrato universal, ha probado el tiramisú, ha ido a casa de Lola, de Enea, ha cambiado la hora para adaptarse a la primavera, ha descubierto el tobogán y ha visto skateboarding… Vuelve a suspirar y da otra vuelta en el carrito.

Los que no han ido nunca al Parque de las Ciencias dejan escapar una oportunidad como pocas. Sobre todo los que tienen hijos o sobrinos. Este museo abarca mucho más de lo que parece, y debería ser uno de los grandes orgullos de esta provincia. Olvídense de las matemáticas o la física de los libros. Allí hay robots parlantes, animales exóticos, exposiciones vivas, juguetes didácticos… Sin embargo, ahora mismo -y desde hace unos meses- exhiben una muestra de animales disecados con el subtítulo de ‘El arte de la taxidermia’ que no sé yo… Supongo que sí que tendrá su arte eso de vaciar animales y manipularlos para que aparentemente estén vivos y en ‘pause’, y que no tendrá nada que ver con ningún tipo de maltrato a estas especies. Es cierto que impresiona mucho ver a un elefante congelado con toda su envergadura. Pero es que no sé yo… Tamara y yo lo miramos con cara rara, Nico se frota el asa del chupete con la mano derecha mientras succiona, que es lo que hace cuando no termina de comprender. Es como si a este elefante le faltara algo. Respirar, será eso, que no respira. Mejor nos vamos a ver a la lechuza, que está viva, aunque la pobre se cree que el cuidador es de su familia y le llama con dulzura (“Crruaaaairrg, crruaaaairrg”), una llamada a la que Nico responde sin sacarse el chupete de marras (“¡Grruuuuuuuu!”). Como a la lechuza le dé por venir, menudo susto.

Bola de Oro

También hemos estado en las nuevas instalaciones municipales de Bola de Oro. Tan nuevas son que hasta los bancos de madera estaban aún envueltos en plástico de burbujas. “No, si esto no está estrenado, es que nos hemos metido todos a jugar porque ya estaba listo”, nos explicó una madre. Efectivamente, además de toboganes, casas de plástico, mesas de ping-pong o fuentes, hay dos grandes pistas de skate con todo tipo de rampas de cemento, otra pista de tierra para BMX y una pista pequeña para bailar breakdance (o eso anuncian) y ya están llenas de chavales con sus cascos (de música, no de seguridad), sus pantalones de colores y sus tablas. Dice el PSOE que estas pistas ya están dando problemas, pero nosotros no vimos ninguno en toda la mañana. “Hay que ver que los niños ya lo han pintado; a ver lo que les dura”, añadió la madre con sus botas llenas de polvo. Cualquiera le explicaba lo que es un grafitti.

Recuerdo que cuando trabajaba en el periódico recibimos quejas de vecinos de la zona porque los skaters hacían ruido y bebían cerveza. Los chavales respondieron en una carta firmada por unos cuantos en la que pedían respeto para lo que consideraban un deporte urbano. He de decir que estos chicos escribían mucho mejor, con más educación y más argumentos que el colectivo vecinal. Cosas de la vida. Yo habría dado mucho cuando era chaval por tener unas pistas así y grabar videos como éste -mi tabla, una Gordon&Smith naranja que ya debe ser pieza de coleccionista, qué recuerdos-. Y encima en Bola de Oro, que no sé lo que significa, pero suena bien.

Mientras veía cosas así, con mis pantalones de domingo y mis zapatos negros recién embetunados, me sentí un poco carca. Les miraba desde el tobogán azul de plástico, que está bien, sí, y Nico le ha perdido el miedo a deslizarse por él, pero a mí también me gustaría tirarme por una de esas rampas… Qué narices, sigo teniendo esa pequeña cicatriz en el tobillo. Y ese tobogán estaba aún sin inaugurar, nos habíamos saltado una norma para practicar ‘toboganing’. ¡Hijo mío, ya eres un rebelde urbano! ¡Estoy orgulloso!

Ahora Nico se despierta en el carrito, suspira una última vez y me mira con un ojo entreabierto y frotándose el asa del chupete, como preguntando: “¿Pero en que estás pensando?”. No, no, en nada, déjalo.

La astilla y el palo

Somos padre e hijo. Yo tengo treinta y tres años y él treinta menos, lo cual nos da una perspectiva distinta de las cosas. Vivimos en el Realejo, en Granada, y aquí decimos lo que queremos decir. Faltaría más.

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