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No hay nada como sentirse viejo. Carca, oxidado, cansado, en la fase 2.

Ha sido un verano de lo más convencional, lo que lo convierte en extraordinario. Nico ya ha descubierto que las olas revuelcan, que si flexionas las piernas y empujas muy fuerte te despegas del suelo, casi puedo asegurar que se ha enamorado de una chiquilla de su edad a la que no sabemos si volverá a ver, que al colegio sí que se vuelve, que una tetera junto a una cacerola, junto a un cajón y una caja hacen una batería… Y cosas un poco más profundas, al estilo Jagger, como que no puedes conseguir siempre lo que quieres, que hay niños malos o que hay un tipo de dolor que no duele.

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Vamos a tener que tomarnos un poco más en serio esto del blog… Han sido muchos días sin actualizar. Como esta Semana Santa -la semana del ‘Torrón’, como dice un amigo nuestro- nos hemos quitado de enmedio, pues ya nos hemos liado y ni hemos escrito ni nada. Disculpas.

Nico, su madre y yo estuvimos en Nerja, destino familiar materno por excelencia. Allí hemos recorrido su calle Diputación y su Balcón de Europa, con su Alfonso XII aguantando las tonterías de los guiris. Hasta Nico se rió de su bigote, y yo de su estatura. Bah, un monarca de tantos.

No pudimos huir del ‘Torrón’, en este caso el nerjeño. Vimos como paseaban a sus muñequitos con sus velas y aporreaban sus tambores mirando al infinito, mientras las autoridades admiraban el desfile con sus cetros y sus gorros de plástico. Nico meneaba la cabecita de lado a lado con los ritmos porrompomperos. “Música, al fin y al cabo”, debió pensar, “así que bailemos un poco”. Lo curioso, o ambiguo, de la Semana Santa en un destino tan turístico e internacional como éste es la mezcla de la señora devota de su imagen, con el alma en vilo, y el extranjero en bermudas comiendo un helado y paladeando tanto exotismo buñueliano junto a ella. No hay tanto agobio como en las capitales, que se colapsan con tantos paseítos, pero al final parece menos auténtico. Una imagen que lo resume: en la plaza principal, con el muñequito en suave bamboleo, un cantaor con pañuelo negro al cuello asoma una saeta por el balcón más lucido del segundo piso y la deja caer desde lo más profundo de su garganta ante el asombro y el silencio de los presentes. En el primer piso, justo debajo, un turista canoso con sandalias sale a fumarse un cigarro mientras su hijo regordete y pelirrojo graba la escena con su teléfono móvil de última generación. Y abajo, todos nosotros sin saber a qué piso mirar.

Una burrada

Además, en estos días el enano ha lucido su gorra gabacha, ha probado helado de varios sabores, ha vacilado a los niños que iban en carrito -“Nico, calla, deja”-, ha gateado, andado, subido, bajado, dormido, etc.

Pero lo mejor, lo mejor de lo mejor, ha sido ir al Refugio del Burro de Nerja, más conocido como el Nerja Donkey Sanctuary porque lo llevan extranjeros con mucho arte. Allí repartimos dos cubos enteros de zanahorias y pan duro entre burros, mulas, ponys, caballos, cabras y otras especies. También había humanos, pero comían otras cosas. Fue asombroso ver cómo Nico era capaz de meter con sus finos deditos entre los dientes grandes como ajos camperos de los equinos aquellos trocitos de comida. Sin ningún miedo, como quien acaricia un gatito, y eso que era la primera vez que veía animales así de grandes.

“Mira cómo quiere al cerdito”, escuché mientras Nico abrazaba desde su estatura a un cerdo vietnamita al que le dábamos pan duro, gordo gordísimo, una nube negra con pelos que se desplazaba a trompicones sobre sus cortas patas, simpático y dócil. “En otros países es un animal doméstico”, nos indicaron. Difícilmente lo será si su amo siente lo que en ese momento sentí sobre mi pie derecho. Con un solo pisotón, con su pequeña pezuñita, el cerdito vietnamita colocó sobre mis castigados deditos toda su simpatía, similar en tonelaje a la de un vagón de carga. Hasta en la frente tenía grasa. Y Nico le abrazaba con ternura.

Hay que reconocer que estos extranjeros, los propietarios y promotores del santuario del burro, son muy distintos a los que van a comer helado y torrarse en la arena. Se afanan en intentar decir palabras como “peligroso”, “amable”, “latigazos”, o “abandonado” en castellano a los visitantes españoles como nosotros, y le dan una segunda oportunidad a ejemplares bellísimos y adorables. Desde primera hora están organizando paja, agua, comida y cuidados médicos para estos animales, que en muchas ocasiones llegan lesionados para después renacer en sus manos. Todo con donaciones y sin nada que ocultar. Si pasan por Nerja, no se lo pierdan.

Por fin, un diente

No queremos dejar escapar esta oportunidad de actualizar el blog sin anunciar que en la encía inferior de Nico ya asoma un granito de arroz que acabará siendo un diente. ¡El primero, por fin! Va a salir cuando ya ha cumplido 14 meses, y lo normal es que salgan antes (hay niños con seis meses y varias piezas ya luciendo en su sonrisa), pero no había razón para alarmarse. En esto de la dentición cada niño es un mundo, así nos lo han dicho varios pediatras, lo hemos leído en libros sobre infancia y lo hemos corroborado con otros padres y madres. A unos les salen enseguida y a otros cuando ya están andando. “Tú no te preocupes que cuando le vaya a dar un beso a su primera novia seguro que ya tiene dientes”, decía su abuela. Pues va a tener razón. Nico, tu primer bocata de jamón serrano ya está un pasito más cerca…

Además, el enano ha lucido su gorra gabacha, ha probado helado de varios sabores, ha vacilado a los niños que iban en carrito -“Nico, calla, deja”-, ha gateado, andado, subido, bajado, dormido, etc.

La astilla y el palo

Somos padre e hijo. Yo tengo treinta y tres años y él treinta menos, lo cual nos da una perspectiva distinta de las cosas. Vivimos en el Realejo, en Granada, y aquí decimos lo que queremos decir. Faltaría más.

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