1. Apiretal vs. Dalsy

Imposible. Ha sido una semana literalmente imposible, os lo digo yo. Debí -y quise- escribir alguna entrada el pasado domingo, que fue el Día de la Madre, y algo se torció en el Cosmos. De hecho, fue un día que rizó el rizo, y aún no habíamos hecho nada más que empezar. Para resumiros, lo celebramos, le compramos un regalo y flores a mamá, pero Nico alcanzó los 39º C a media tarde. Aún le recuerdo rojo como una ascua, temblando y tumbado en nuestra cama, mientras ella le hacía mimos y yo le daba Apiretal. Y recordaré para siempre, curiosamente, que durante toda la noche tuvo los tobillos ardiendo. Por cierto, en internet encontraréis miles de foros en los que se discute sobre si es mejor este medicamento o Dalsy. Para que os hagáis una idea, si es que yo lo he entendido bien, la diferencia es la misma que entre un Termalgin y un Ibuprofeno. Y en la práctica, el efecto del primero tarda más pero dura más, y el efecto del segundo tarda menos pero dura menos. O algo así.

Un par de visitas al médico, termómetros, Apiretal, Rhinomer… Aparecen los mocos y se instalan en su pecho. Desaparece la fiebre y duerme mucho, emitiendo un sonido similar al de un jabalí roncando. Pobre. Y conserva el buen humor, con sus sapos colgando de la nariz. Ahora está mucho mejor, incluso bajamos al parque este sábado.

2. Pocoyó o Caillou

En esta vida hay que tomar decisiones, Nico. Hay que elegir, no se puede ser del Barça y del Madrid; el mejor grupo de la historia tiene que ser o los Beatles o los Rolling; zurdo o diestro. Y por esa regla de tres, hay que decantarse por uno de los dos héroes de la infancia actual: o Pocoyó o Caillou.

Pocoyó es un niño de unos tres años, vestido de azul y muy activo, que tiene tres amigos principales: un perro inteligente, un pato con gorro y un elefante rosa con tutú. Lo normal. Habla directamente con su narrador, como si fuera un personaje de Pirandello.

Caillou es un niño de unos cuatro años, perspicaz y calvo, que vive aventuras en un mundo más real. Le gusta esconderse.

Es probable que aquí se nos haya visto ya el plumero. Nosotros somos más de Pocoyó. De hecho tenemos uno de sus libros, en el que te enseña las formas y los colores, una obra bien hilada aunque con un final previsible. No queremos influiros, pero es mucho mejor un niño azul que hace lo que le da la gana en un universo blanco y paralelo, al estilo Matrix, junto con los tres animales favoritos de todo niño: el perro, el pato y el elefante. Si no estoy mal informado, el nombre de Pocoyó salió del hijo del creador del muñeco azul, que rezaba mal el ‘Jesusito de mi vida’ (“eres niño pocoyó”, decía ese niño). Nosotros no rezamos mucho, la verdad…

Caillou es un niño que descubre el mundo real con sus padres y sus abuelos, y sus amigos más cercanos son su hermana y su gato. Igual que Pocoyó, siempre lleva la misma ropa -es uno de los misterios más frecuentes de los dibujos animados- e igual que Pocoyó tiene un melón descomunal y desproporcionadamente grande.

Queremos que vosotros también votéis.

3. Pelo rapado o silvestre.

Esta es una disyuntiva que se me ocurrió el sábado, al encontrarnos con uno de los amigos de Nico, al que sus padres habían podado el flequillo como habían podido -estaba guapo, eh-. Recuerdo que antes -seguramente a mí también- se rapaba la cabeza a los bebés de meses, bajo la premisa de que el pelo “crecía así más fuerte” que si se dejaba salir de forma silvestre. Sin embargo, esa tendencia la encuentro cada vez más en desuso. Ninguno de los niños que yo conozco ha tenido que pasar por la maquinilla. Y en los blogs que he mirado, se suele afirmar que es un mito sin demostración científica.

4. Con o sin chocolate.

Qué disyuntiva más tonta. Con chocolate.

Aquí voy a detenerme. Seguramente haya nuevos capítulos sobre disyuntivas en el futuro, y contaré con vuestra ayuda en muchos casos. Hoy elegimos Apiretal, Pocoyó, sin afeitar y con chocolate.

Algunos de vosotros ya lo sabéis porque os he dado la brasa con el video que grabé como prueba. Nico ha dado ya el gran paso. Y otro, y otro después, y más pasos hasta que llegó a la cocina y se dio la vuelta y recorrió el pasillo y persiguió a Velita. Estamos andando y sin agarrarnos a nada, con 15 meses.

Para tan significativo avance yo no estaba en casa. Nico se encontraba disfrutando de una sobremesa vespertina y primaveral con su madre y con sus tíos Jesús y Laura, y decidió que ya era hora de andar. Me enteré al instante -cosas de la telefonía móvil- y aún tuve tiempo de llegar a casa y encontrarle despierto y, sí, andando, como quien no quiere la cosa. Le grabé con el móvil y lo difundí. Este es el documento.

Por un lado te emocionas y te llenas de orgullo, claro. Pero por otro te asustas, aunque solo sea un poco… Hay que hacerse a la idea de que, de repente, un ser al que estás acostumbrado a ver como cuadrúpedo se convierte en bípedo delante tuyo (os remito al gato de la entrada anterior). Además, en principio no sabe parar y mientras anda a un ritmo constante va haciendo aspavientos para mantener el equilibrio como si fuera un astronauta fuera de la nave.

15 meses es una buena edad para andar. Sus amiguitos (que no dejan de ser los hijos de nuestros amiguitos en realidad) lo han conseguido a edades similares. Según aseguran los expertos, es conveniente que el niño empiece a experimentar con su verticalidad por sí mismo; se le puede ayudar, pero no se le debe empujar a ello. Al nacer, los bebés llevan en sí mismos el instinto de andar, y si a un recién nacido lo sujetas por los hombros empezará a mover los pies como si quisiera salir corriendo. Más tarde olvidan ese impulso y sólo lo recuperan con tesón y esfuerzo a partir de los 10 meses, más o menos.

Adiós a los pantalones con barro del parque incrustado en las rodillas. Adiós a caminar como una alcayata para sujetarle con un dedito mientras avanza. Hola a las carreras por los pasillos (“¡Que se va para el enchufeeeeeeee!”), a los zapatos gastados, a los chichones de más envergadura (bendito Arnidol, no sabéis lo bien que funciona) y a bailar en el salón como si fuéramos payasos.

http://www.wikio.es

Hemos entrado en el día 15 de abril, Día del Niño para el calendario español, aunque al parecer cada país lo celebra en distintas fechas. No lo es para la ONU, tampoco lo es en la web española de Unicef, pero la página principal de Google.es si tiene un dibujito con niños, de acuerdo con la wikipedia.

Es lo de menos. De todas formas, tengámoslo en cuenta con nuestros enanos más cercanos, hoy como cualquier otro día, haciendo lo que más les gusta que nosotros hagamos: escucharles atentamente. Aprenderemos cosas tan importantes como la diferencia entre arriba y abajo.

La conjura de los necios

De Ignatius me he estado acordando entre ayer y anteayer con las historias del carrito… Ya sabéis que la elección del vehículo de un niño pequeño no es un asunto menor. Nosotros acertamos de pleno, con un Skate brutal que a Nico le encanta y que encima compramos de rebajas, una auténtica máquina de pasear con ruedas hinchadas -nada de redondeles de plástico-. Anda que no vacilo yo nada derrapando en las esquinas.

Pero hay que reconocer que el empedrado del Realejo es asesino para cualquier amortiguador. De hecho, estos baches seguramente afectarán a mi oído interno en mi edad de oro. Y Nico va en su silla cantando porque le hace mucha gracia cómo le tiembla la voz -claro, papá siempre va deprisa porque llega tarde-. Sinceramente, casi parecen bloques de Lego, pero de mármol de Sierra Elvira. Según tengo entendido datan de los años 60, con lo cual no tienen mucho valor histórico que digamos.

Sé que van con el aspecto de un barrio histórico, pero es que con aceras tan estrechas se producen escenas como la que me ocurrió ayer: una señora vino hacia nosotros subida a la lisa acera, dejando abajo la abultada calzada tan molesta para sus tacones. Nosotros íbamos hacia ella en la dirección opuesta y con la misma prisa. Todo estaba diseñado para que nos encontráramos a mitad de calle. Pero la acera era demasiado estrecha para los tres -perdone, señora, pero es así-. Alguien tendría que bajarse. Cada vez estamos más cerca. Que se baje ella, que nosotros seguimos recto. Me da igual que se despeine esas mechas amarillas, que se baje cuando llegue a mi altura. Me acordé de Ignatius y también de las justas caballerescas. Nico, saca los pies hacia delante que se baja. Bueno que si se baja. ¡Vamos sin miedo!

Y la señora se bajó. Os prometo que antes yo no era así.

Sé que los enfrentamientos entre la Delegación de Cultura de la Junta y el Ayuntamiento de Granada con respecto al respeto patrimonial al barrio del Realejo son intensos. Yo recuerdo el tema de las barandillas, por ejemplo. Pero habría que empezar a pensar en modernizar un poco los accesos y la movilidad de estas calles, que las estrecheces de la acera en la calle Santiago no tienen nombre ni perdón. En Toledo tenemos un ejemplo ejemplar, valga la redundancia, con una escalera mecánica que conecta la parte nueva y el casco histórico. ¿Sería difícil imaginar algo así en el Albaicín, por ejemplo?

Claro que, ahora que lo pienso, esto no soluciona nuestros problemas con el carrito…

El gato bípedo

Por último, Nico y yo compartimos un video tontorrón con el que nos hemos partido la caja y con el que celebramos este Día del Niño

-Cuánto tiempo, amigo, ¿cómo estás?

[Sí, es verdad que no iba desde hace mucho. Como ya no salgo de trabajar tan tarde ahora ceno en casa e intento comer mejor. Pero por una nostalgia extraña y porque tuve que salir casi a las once de la noche a comprar comida para gatos, decidí ir a mi establecimiento de bocadillos árabes favorito, el de la plaza del Realejo, a recordar viejos tiempos de salsa de yogur].

-Bien, estoy bien. Es verdad que hace tiempo que no nos veíamos.

-¿Y tu niño, amigo?

-Muy grande, ya con catorce meses. Ahora es muy divertido, porque interactúa, empieza a andar, come de todo… Me lo paso en grande con él.

-Ah, claro.

[La conversación se desvía unos momentos por temas laborales, la crisis y tal, con este conocido y extraño acento, mientras me prepara la cena. Ya no recuerdo si él era palestino o jordano. Es una buena persona. Joven, en forma, siempre optimista. En los tiempos de aquel trabajo tan duro se convirtieron, él y sus socios del establecimiento, en una especie de oráculos, o asesores, o algo así, porque les encantaba opinar en base a su experiencia propia. Jamás mezclaron religión ni política en los consejos que me dieron. O simplemente eran personas agradables que te daban puntos de vista distintos a los usuales. Volvemos a hablar de niños]

-Es que tener niños es muy bueno, amigo.

-Claro que sí.

-La gente se preocupa mucho y creen que no se puede tener niños. Que hay que tener mucho dinero para eso. ¿Y sabes? Eso es mentira.

-Claro. El dinero que tienes es el mismo, pero lo organizas de otra forma, nada más.

-¿Verdura toda?

-Sí, sí, ponle de todo. Para una vez que vengo…

-Yo tengo una filosofía para la vida, ¿sabes? No nada de religión, no tiene nada que ver. [¿Véis lo que os decía?]. En esa filosofía yo creo que no puedes luchar para ser rico. Hay que trabajar, pero eso no va a hacer nunca que te llegue el dinero más.

-¿Quieres decir que la fortuna nos busca a nosotros y no nosotros a ella?

-Algo así. Mira, yo conozco gente en mi país que tiene quince hijos…

-¿Quince?

-Sí, quince. ¡Y viven como ricos! Pueden hacer lo que quieran y van felices. Y conozco a otros que sólo están preocupados por el futuro, por tener mucho dinero y muchas cosas, y trabajan 24 horas al día para conseguirlo y no lo consiguen jamás teniendo un solo hijo.

-Sí, que antes de que nazca el niño ya están pensando en lo que les costará la universidad…

-¡Claro, eso no puedes saberlo! Mira amigo, yo te digo que detrás del dinero hay algo inexplicable. Es una fuerza, un orden, si quieres llamarlo un dios, llámalo un dios. Es como la naturaleza, se mueve a su manera. Y no puedes obsesionarte con conseguirlo, porque si él quiere venir a ti, vendrá. Lo que hay que hacer es tener un trabajo que te guste y poder vivir de él, pero la fortuna.. Ah, esa no se consigue persiguiéndola.

-Puede que tengas razón. Una cosa es el trabajo, otra la vida y otra la suerte. Nosotros las desarrollamos y ellas se mezclan solas.

-Bueno, es mi filosofía. Recuerda, detrás del dinero hay fuerzas extrañas, amigo.

-Pensaré en ello, gracias. Nos vemos pronto.

-¡Un saludo a tu mujer y tu hijo!

……………

Ahora mismo no recuerdo si me dio la vuelta…

Vamos a tener que tomarnos un poco más en serio esto del blog… Han sido muchos días sin actualizar. Como esta Semana Santa -la semana del ‘Torrón’, como dice un amigo nuestro- nos hemos quitado de enmedio, pues ya nos hemos liado y ni hemos escrito ni nada. Disculpas.

Nico, su madre y yo estuvimos en Nerja, destino familiar materno por excelencia. Allí hemos recorrido su calle Diputación y su Balcón de Europa, con su Alfonso XII aguantando las tonterías de los guiris. Hasta Nico se rió de su bigote, y yo de su estatura. Bah, un monarca de tantos.

No pudimos huir del ‘Torrón’, en este caso el nerjeño. Vimos como paseaban a sus muñequitos con sus velas y aporreaban sus tambores mirando al infinito, mientras las autoridades admiraban el desfile con sus cetros y sus gorros de plástico. Nico meneaba la cabecita de lado a lado con los ritmos porrompomperos. “Música, al fin y al cabo”, debió pensar, “así que bailemos un poco”. Lo curioso, o ambiguo, de la Semana Santa en un destino tan turístico e internacional como éste es la mezcla de la señora devota de su imagen, con el alma en vilo, y el extranjero en bermudas comiendo un helado y paladeando tanto exotismo buñueliano junto a ella. No hay tanto agobio como en las capitales, que se colapsan con tantos paseítos, pero al final parece menos auténtico. Una imagen que lo resume: en la plaza principal, con el muñequito en suave bamboleo, un cantaor con pañuelo negro al cuello asoma una saeta por el balcón más lucido del segundo piso y la deja caer desde lo más profundo de su garganta ante el asombro y el silencio de los presentes. En el primer piso, justo debajo, un turista canoso con sandalias sale a fumarse un cigarro mientras su hijo regordete y pelirrojo graba la escena con su teléfono móvil de última generación. Y abajo, todos nosotros sin saber a qué piso mirar.

Una burrada

Además, en estos días el enano ha lucido su gorra gabacha, ha probado helado de varios sabores, ha vacilado a los niños que iban en carrito -“Nico, calla, deja”-, ha gateado, andado, subido, bajado, dormido, etc.

Pero lo mejor, lo mejor de lo mejor, ha sido ir al Refugio del Burro de Nerja, más conocido como el Nerja Donkey Sanctuary porque lo llevan extranjeros con mucho arte. Allí repartimos dos cubos enteros de zanahorias y pan duro entre burros, mulas, ponys, caballos, cabras y otras especies. También había humanos, pero comían otras cosas. Fue asombroso ver cómo Nico era capaz de meter con sus finos deditos entre los dientes grandes como ajos camperos de los equinos aquellos trocitos de comida. Sin ningún miedo, como quien acaricia un gatito, y eso que era la primera vez que veía animales así de grandes.

“Mira cómo quiere al cerdito”, escuché mientras Nico abrazaba desde su estatura a un cerdo vietnamita al que le dábamos pan duro, gordo gordísimo, una nube negra con pelos que se desplazaba a trompicones sobre sus cortas patas, simpático y dócil. “En otros países es un animal doméstico”, nos indicaron. Difícilmente lo será si su amo siente lo que en ese momento sentí sobre mi pie derecho. Con un solo pisotón, con su pequeña pezuñita, el cerdito vietnamita colocó sobre mis castigados deditos toda su simpatía, similar en tonelaje a la de un vagón de carga. Hasta en la frente tenía grasa. Y Nico le abrazaba con ternura.

Hay que reconocer que estos extranjeros, los propietarios y promotores del santuario del burro, son muy distintos a los que van a comer helado y torrarse en la arena. Se afanan en intentar decir palabras como “peligroso”, “amable”, “latigazos”, o “abandonado” en castellano a los visitantes españoles como nosotros, y le dan una segunda oportunidad a ejemplares bellísimos y adorables. Desde primera hora están organizando paja, agua, comida y cuidados médicos para estos animales, que en muchas ocasiones llegan lesionados para después renacer en sus manos. Todo con donaciones y sin nada que ocultar. Si pasan por Nerja, no se lo pierdan.

Por fin, un diente

No queremos dejar escapar esta oportunidad de actualizar el blog sin anunciar que en la encía inferior de Nico ya asoma un granito de arroz que acabará siendo un diente. ¡El primero, por fin! Va a salir cuando ya ha cumplido 14 meses, y lo normal es que salgan antes (hay niños con seis meses y varias piezas ya luciendo en su sonrisa), pero no había razón para alarmarse. En esto de la dentición cada niño es un mundo, así nos lo han dicho varios pediatras, lo hemos leído en libros sobre infancia y lo hemos corroborado con otros padres y madres. A unos les salen enseguida y a otros cuando ya están andando. “Tú no te preocupes que cuando le vaya a dar un beso a su primera novia seguro que ya tiene dientes”, decía su abuela. Pues va a tener razón. Nico, tu primer bocata de jamón serrano ya está un pasito más cerca…

Además, el enano ha lucido su gorra gabacha, ha probado helado de varios sabores, ha vacilado a los niños que iban en carrito -“Nico, calla, deja”-, ha gateado, andado, subido, bajado, dormido, etc.

La edición inglesa de Squire ha colgado una lista con los cinco padres/madres más viejos/viejas de Gran Bretaña. El más mayor, Gerry Berks, tiene 74 y está cuidando a su recién nacido en casa. Es camionero y lo que más le gusta es comer platanos -así que platanos, ¿eh?-. ¡Podría ser el padre de mi padre! Lo que me ha resultado curioso es ver en el puesto número cinco a Van Morrison, que acaba de tener un hijo con 64. Al lado de estos estoy hecho un chaval…

Un gran fin de semana. Nico descansa en su carrito, suspirando, despeinado después del trajín que acabó ayer por la tarde. Ha visto de cerca un buho real y una lechuza, tortugas y mariposas tropicales, puzzles grandes de madera… Ha metido sus manos en sustrato universal, ha probado el tiramisú, ha ido a casa de Lola, de Enea, ha cambiado la hora para adaptarse a la primavera, ha descubierto el tobogán y ha visto skateboarding… Vuelve a suspirar y da otra vuelta en el carrito.

Los que no han ido nunca al Parque de las Ciencias dejan escapar una oportunidad como pocas. Sobre todo los que tienen hijos o sobrinos. Este museo abarca mucho más de lo que parece, y debería ser uno de los grandes orgullos de esta provincia. Olvídense de las matemáticas o la física de los libros. Allí hay robots parlantes, animales exóticos, exposiciones vivas, juguetes didácticos… Sin embargo, ahora mismo -y desde hace unos meses- exhiben una muestra de animales disecados con el subtítulo de ‘El arte de la taxidermia’ que no sé yo… Supongo que sí que tendrá su arte eso de vaciar animales y manipularlos para que aparentemente estén vivos y en ‘pause’, y que no tendrá nada que ver con ningún tipo de maltrato a estas especies. Es cierto que impresiona mucho ver a un elefante congelado con toda su envergadura. Pero es que no sé yo… Tamara y yo lo miramos con cara rara, Nico se frota el asa del chupete con la mano derecha mientras succiona, que es lo que hace cuando no termina de comprender. Es como si a este elefante le faltara algo. Respirar, será eso, que no respira. Mejor nos vamos a ver a la lechuza, que está viva, aunque la pobre se cree que el cuidador es de su familia y le llama con dulzura (“Crruaaaairrg, crruaaaairrg”), una llamada a la que Nico responde sin sacarse el chupete de marras (“¡Grruuuuuuuu!”). Como a la lechuza le dé por venir, menudo susto.

Bola de Oro

También hemos estado en las nuevas instalaciones municipales de Bola de Oro. Tan nuevas son que hasta los bancos de madera estaban aún envueltos en plástico de burbujas. “No, si esto no está estrenado, es que nos hemos metido todos a jugar porque ya estaba listo”, nos explicó una madre. Efectivamente, además de toboganes, casas de plástico, mesas de ping-pong o fuentes, hay dos grandes pistas de skate con todo tipo de rampas de cemento, otra pista de tierra para BMX y una pista pequeña para bailar breakdance (o eso anuncian) y ya están llenas de chavales con sus cascos (de música, no de seguridad), sus pantalones de colores y sus tablas. Dice el PSOE que estas pistas ya están dando problemas, pero nosotros no vimos ninguno en toda la mañana. “Hay que ver que los niños ya lo han pintado; a ver lo que les dura”, añadió la madre con sus botas llenas de polvo. Cualquiera le explicaba lo que es un grafitti.

Recuerdo que cuando trabajaba en el periódico recibimos quejas de vecinos de la zona porque los skaters hacían ruido y bebían cerveza. Los chavales respondieron en una carta firmada por unos cuantos en la que pedían respeto para lo que consideraban un deporte urbano. He de decir que estos chicos escribían mucho mejor, con más educación y más argumentos que el colectivo vecinal. Cosas de la vida. Yo habría dado mucho cuando era chaval por tener unas pistas así y grabar videos como éste -mi tabla, una Gordon&Smith naranja que ya debe ser pieza de coleccionista, qué recuerdos-. Y encima en Bola de Oro, que no sé lo que significa, pero suena bien.

Mientras veía cosas así, con mis pantalones de domingo y mis zapatos negros recién embetunados, me sentí un poco carca. Les miraba desde el tobogán azul de plástico, que está bien, sí, y Nico le ha perdido el miedo a deslizarse por él, pero a mí también me gustaría tirarme por una de esas rampas… Qué narices, sigo teniendo esa pequeña cicatriz en el tobillo. Y ese tobogán estaba aún sin inaugurar, nos habíamos saltado una norma para practicar ‘toboganing’. ¡Hijo mío, ya eres un rebelde urbano! ¡Estoy orgulloso!

Ahora Nico se despierta en el carrito, suspira una última vez y me mira con un ojo entreabierto y frotándose el asa del chupete, como preguntando: “¿Pero en que estás pensando?”. No, no, en nada, déjalo.

“Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto”.

Que nadie se asuste. Son unos versos de Neruda que memoricé con menos de veinte años por el simple gusto de memorizar.

De pequeño, con ocho o nueve años, iba a un colegio gigante en Madrid que parecía Gotham City en el que también me hacían memorizar poesías. Recuerdo perfectamente mi habitación en la calle Ardemáns, la luz castiza y metalizada de patio interior que entraba por la ventana -aquella ventana que escuchaba mis repeticiones-, las cortinas que ondeaban a cámara lenta como banderas de rendición, la persiana torcida y mi mesa, de la que no me levantaba hasta que podía recitar aquel soneto de principio a fin sin volver a mirar el libro, yo en calzoncillos y camiseta, y el calor seco trepando por el respaldo de la silla. Pero no recuerdo ni una sola palabra de aquella poesía larguísima, que después conseguí recitar a mis padres de un tirón y que me reportó una buena nota en Lengua y Literatura. No era un método didáctico muy acertado diría yo.

Un par de años después, en Vélez Málaga, en un colegio de monjas humilde y pequeño en el que sólo existían el azul oscuro y el blanco virginal, gané un certamen interno de poesía. Las obras presentadas, según las bases, debían estar dedicadas a la Navidad cristiana (ay, si Sor Rosario me viera ahora). Gané una gran bolsa de chucherías. No era un premio simbólico, era de verdad la recompensa: un kilo de azucar, colorantes y goma. Mi trabajo hacía una metáfora algo pueril con los polvorones, creo. Tampoco es algo muy pedagógico.

Sí creo más en métodos como el que se emplea en el festival ‘Poesía para empezar’ de La Huerta de San Vicente. He presenciado como los chavales aprenden este género minoritario con técnicas mixtas y disfrutan de lo lindo. Este año participan más de 40 colegios. A los niños se les obsequiará con una especie de ‘pasaporte artístico’ cuando terminen su ‘sesión’. Y no se memoriza por memorizar ni se premian con gomas las odas a la virgen.

La Huerta de San Vicente era la casa de veraneo de la familia Lorca en Granada. Está dentro del parque que lleva el nombre del poeta, en lo que antes era Vega de Granada y ahora es pura urbe. A pesar de los clichés de la alargada sombra del autor de ‘Yerma’, esta institución es un ejemplo a seguir por otras ‘Casas-museo’, mucho más estáticas. Además de ‘Poesía para empezar’, la iniciativa de ‘La verbena con títeres’ es maravillosa (Nico está deseando ver su primera edición, este verano; o yo al menos estoy deseando llevarle, ya veremos qué le parece tanto niño y tanto guiñol), los conciertos son de una calidad internacional y además es escenario para otros muchos festivales de Granada. No entiendo muy bien la dirección de su Patronato, pero bueno, el caso es que funciona.

Otra educación es posible

No es nada fácil lo de elegir educación para un hijo, dicho sea de paso. Ahora se abre el plazo de inscripción en escuelas infantiles en Granada y nos toca estar atentos. Nico aún recuerda con pavor el intento del año pasado, que fue muy breve (“Quita, quita, ni me lo mientes”, me dice con el chupete). En pocos días decidimos que era demasiado pequeño para pasar por aquello y que este primer año iba a estar con nosotros (y su abuela) en casa. Perdonad que lo digamos así, pero es que eso de “que los niños se socialicen cuanto antes” son pamplinas. “Un niño se socializa más saliendo a la calle con su padre y su madre y viendo un coche, un perro, un anciano, un niño y un pájaro que encerrado en una habitación con otros seis como él sentados en tronas”, nos dijo un pediatra. Claro que aquí entramos en el terreno de lo posible; no todos los padres pueden organizarse para cuidar a su hijo y necesitan una guardería. Que sea la mejor posible, entonces.

El próximo septiembre Nico sí que va a ir, pero andando por su propio pie, con casi dos años y agarrado a nuestras manos. Hay que ir con cuidado. Una cosa es ser un educador cariñoso, otra que te gusten los niños y montes una guardería privada, otra que creas que un aparcamiento de bebés pueda ser rentable y otra muy distinta que seas un profesional de la educación. Nico, su madre y yo, nos hemos encontrado de todo en nuestra búsqueda. También hay que tener en cuenta que existen otros métodos pedagógicos que se practican con toda naturalidad en otros países y que aquí aún se catalogan como ‘raros’. Yo mismo, víctima de mis prejuicios y mi oreja carca -tengo una oreja carca y la otra progre-, tiendo a cuestionar estas novedades por mi desconocimiento. Hemos encontrado una escuela que sigue el método Waldorf en la Alpujarra pero está demasiado lejos como para plantearlo de momento… Y también nos hablaron de otro centro que se llama Montessori cerca de nuestra casa, pero curiosamente, al llamarles por teléfono, nos dicen: “Nos llamamos Montessori, pero no seguimos su método”. Como si yo montara la ‘Pescadería Luis’ y dijera: “Nos llamamos pescadería pero vendemos pan”. Allá cada cual.

Este año aplicaremos todo lo que aprendimos el anterior en nuestras pesquisas. Le hemos echado el ojo a determinados centros infantiles y vamos a iniciar la aventura. Deseadnos suerte.

Escuela Infantil Waldorf de la Alpujarra

No voy a disimular. Ayer fue el Día del Padre. Teniéndo en cuenta que Nico tiene casi 14 meses (ese casi es importante, eh), éste es el segundo Día del Padre que vivimos juntos, aunque del primero la verdad es que ni nos acordamos. Mientras yo intentaba no gimotear con las historias de padres e hijos que se oyeron en ‘Esto me suena’ por la radio, llegaba a casa en un paquete nuestro regalo propio de la celebración de San José (ese gran padre putativo). Os presento a mi nueva cámara:

Es una lomográfica, modelo Diana Mini, con flash y filtros de colores. Un juguetito analógico que hace fotos imperfectas pero muy bonitas. Ya teníamos una Diana+ de las grandes y esta es su hermana pequeña. Por supuesto, ya la hemos estrenado. Pero al ser analógica, el revelado estará listo para recoger el martes. Así que no podemos enseñaros nada todavía. Nico la encuentra interesante, aunque cree que el flash es un invento del demonio para dejar ciegos a los niños.

Nuestro parque

Más que nada, nos hemos hecho fotos en el parque, nuestro parque. ¿Qué sería de un niño o niña sin estos espacios urbanos abiertos al esparcimiento? Yo de pequeño siempre cantaba una tonadilla que decía algo de un parque con mono al que le tirabas cacahuetes (“cacahueti” en la letra de la canción) y se los metía por el final de la espalda. Seguro que alguien más la recuerda. Yo jamás vi tal proeza.

Nico, su madre y yo vamos al que hay en la calle Seco de Lucena del Realejo, justo detrás de Santo Domingo.  Es relativamente pequeño (a Nico, que mide unos 70 centímetros, le parece Brasilia), con aire moderno y lo tenemos justo debajo de casa. Allí nos encontramos con Lola, Enea, Juanito, Diego y otros ejemplares de la misma edad que Nico. También con perros, que como ya dije, es una de las dos grandes aficiones del protagonista de este blog.

En el parque jugamos a un juego muy divertido. Se llama “Vamos a la tierra a coger una piedra y luego nos acercamos al estanque con cuidado de no caernos dentro y la tiramos al agua para después volver a la tierra a por otra piedra”.  Otro día os explicaremos en qué consiste. Lo más gracioso es ver a Nico intentando dejar caer la piedra dos metros antes de llegar al borde del estanque, no vaya a mojarse.

Deportes

Es un parque muy mono y aprovechable, con tierra, suelos de madera, agua, un poquito de hierba, árboles, etc. Pero tiene un defecto, en mi opinión y en la de otros (que ya hago yo un pequeño sondeo antes de comentar aquí nada) que antes no tenía. Este invierno plantaron una serie de aparatos de hierro verde, con asas de goma negra, para hacer ejercicios tan gratificantes como girar la cadera de un sitio y otro. Uno simula el efecto de remar en una trainera, otro te acerca al esfuerzo que se hace con el esquí de fondo, otro es igual que una máquina de hacer pectorales de un gimnasio en la que el peso a levantar es el del propio usuario. Desconozco el número de deportistas que pasan por este remoto parque por las mañanas para hacer uso de estas máquinas, y aún no me he encontrado con ningún niño vigoréxico en el barrio. Yo mismo soy poco amigo del deporte (ay), y siempre alego que correr es de cobardes. Pero considero que atendiendo al público infantil de este parque con piedras y estanque, serían mucho más beneficiosos y divertidos un columpio, un tobogán, un túnel o un castillo por el que trepar, para que estos niños hagan ejercicio, pero el propio de su edad. Ahora mismo, para esta tropa pasar cerca de estas máquinas en funcionamiento es un deporte, pero de riesgo. Opinen ustedes si conocen el parque del que hablo.

El pez grande

Por último, quisiera dejar una lagrimita. Los que nos conocen saben que Nico y yo somos unos sensibleros de cuidado. ‘Big fish’ es una maravillosa alegoría que, en el fondo, habla sobre una relación de padre e hijo. Hace unos días me preguntaron con qué películas había llorado y se me olvidó citar ésta. Madre mía, hasta hipo me dio con el final. Feliz día del padre, con un día de retraso, para los que lo quieran oír.

La astilla y el palo

Somos padre e hijo. Yo tengo treinta y tres años y él treinta menos, lo cual nos da una perspectiva distinta de las cosas. Vivimos en el Realejo, en Granada, y aquí decimos lo que queremos decir. Faltaría más.

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