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La valía de una madre se manifiesta en diferentes episodios durante la infancia de un niño. Uno de ellos es aquel en el que te encuentras a mamá a las 23.00 horas, tirada en el suelo, rodeada de telas, hilos y tijeras, pidiéndole a papá que vaya a comprar pelotas de ping pong al bazar oriental. “Servirán para hacer los ojos”, dice. Halloween está a la vuelta de la esquina, y los disfraces de Nico ya son famosos en la ciudad. Algunos ya sabéis que el día que fue disfrazado de Principito a la escuela volvió con el segundo premio al mejor disfraz de Napoleón, pero aquello fue una divertida confusión.

A todo esto. Nico ya casi tiene cuatro años y dice que mide “cuatro tres” de altura. Es la marca que hay en la pared hecha con lápiz, de cuando tenía 34 meses. Ha empezado su primera colección de cromos, una de animales que le encanta. La web de dicha conocida marca de coleccionables parece del mismo año en que yo dejé de practicar el “silenole”, pero bueno. Ha entendido el concepto de “repe”, aunque cree que los cromos sobrantes son para regalarlos a niños sin cromos. Angelito, es todo bondad… Hace galletas con mamá –las de gengibre son brutales-. Yo tengo una barba inmensa que a veces me da un halo interesante y otras de marinero danés analfabeto, aunque creo que va a desaparecer ya… Siento traicionar los principios defendidos desde hace años por mi buen amigo Wearbeard.

Nico es cada vez más expresivo, enriquece su vocabulario a diario y aprende rápido. Eso sí, sigue sin salirle la “erre”. Pero ni de coña. Al conocer más conceptos y aprender a hilarlos me pega algún que otro susto. “Papá”. “Qué”, dejo caer a media voz mientras busco los yogures de vainilla en el supermercado. “Xxxxx y yo nos vamos a casar” -obviaré de momento el nombre de la afortunada-. “Muy bi… ¡¿cómo?!”. Tanta independencia y autonomía ansía que hasta decide leerme los cuentos él a mí.

Nico leyéndome ‘Lost and found’ de Oliver Jeffers by Larronte

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La astilla y el palo

Somos padre e hijo. Yo tengo treinta y tres años y él treinta menos, lo cual nos da una perspectiva distinta de las cosas. Vivimos en el Realejo, en Granada, y aquí decimos lo que queremos decir. Faltaría más.

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