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El vocabulario, la dicción y la pronunciación de Nico son cada día más afinadas. Ya se pueden mantener pequeñas conversaciones con él. Sin embargo, he observado que hay algunos vocablos que son complicados para aquellos que no conocen su dialecto. Voy a resumir algunos:

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Como hace mucho que no actualizamos y tenemos tantas cosas que contar que ya ni nos acordamos, vamos a hacer primero una sección de titulares y nos ponemos al día.

1. La mantita se perdió en Nerja en junio. Sí, es cierto, es triste. La mantita que nos ha acompañado como a Linus durante quince meses se ha desvanecido en la nada. Al subir de la playa del Papagayo la llevaba en la mano y al entrar en el portal, no. Recorrí la calle Diputación y el Balcón de Europa siete veces pero aquel andrajoso trapo descolorido y apestoso sin el cual no podíamos vivir no apareció. Tenía la forma de una girafa multicolor y le teníamos devoción -su madre y yo lloramos más que él aquel día-. Entonces le costó mucho dormir. Ya ha sido felizmente sustituida por una vaca peluda y un oso rayado, pero nunca olvidaremos la sagrada mantita original.

Vaca y oso, las mantitas de segunda generación para Nico

2. Ya no anda, corre. De hecho le encanta alcanzar velocidades de vértigo aprovechando las cuestas de su barrio y poniendo cara de JackAss. Miedo me da.

3. El agua es su medio, además de la tercera palabra que se ha aprendido. Todo es agua. La nevera es “agua”, el viento es “agua”, la piscina, el mar, hasta yo soy “agua”. No le voy a contar que el cuerpo humano es un 75% de H2O al nacer porque ya se me vuelve loco. Le encanta nadar como un perrito mientras le sujetamos y hacer cafrerías con las olas. Sin miedo alguno, aunque no puede negar la evidencia objetiva de que se hunde como una piedra. También gusta de vaciar en el suelo del salón su cantimplora, le encanta poner en remojo el pienso de Velita y hacer experimentos con el grifo del bidé. “¿Agua?” Sí, Nico, esa vieja que pasa también es agua.

4. Lo que estamos haciendo con helados de varios sabores y tamaños este verano roza la indecencia. Qué poco me dura con el morro limpio, carajo.

5. Ha descubierto el mundo de la música. Por un lado quiere poner discos, pero no sé cómo explicarle dónde va cada cosa. Mete siete cedés en el tocadiscos y cierra la tapa a ver si suena, y nada. Yo creo que ahora mismo está en una fase de DJ, mezclando, mezclando…

6. Es un niño Glück. Si en algún momento tenéis que hacer un regalo especial y diferente a alguien con un niño o una niña como Nico, en Malasaña (Madrid) existe una original tienda infantil llamada Glück, con un blog muy recomendable y mucho más actualizado que éste. También organizan conciertos infantiles con músicos indies. Cosas del siglo XXI. Nico tiene una camiseta del monstruo Augusto Huertas.

7. Ya estoy diciendo frases de padre. Y no me refiero a las típicas sentencias autoritarias masculinas que todo niño trasto oye alguna vez, sino a los sufridos lamentos de un hombre cansado con sus pilas normales intentando alcanzar a un niño con alcalina. “Ve tú, ve tú al columpio, Nico, si yo te miro desde aquí”; “¿Tienes sueño? ¿Seguro que no? Yo creo que tienes sueño”; y cosas así.

8. Ya se sabe muchas partes del cuerpo. Se señala solito la boca, los dientes, las orejas, la nariz, los ojos, el pelo, el ombligo y los pies cuando se lo piden. Y cuando termina de hacerlo pide una galleta señalándola también. Porque también sabe dónde están las galletas.

1. Apiretal vs. Dalsy

Imposible. Ha sido una semana literalmente imposible, os lo digo yo. Debí -y quise- escribir alguna entrada el pasado domingo, que fue el Día de la Madre, y algo se torció en el Cosmos. De hecho, fue un día que rizó el rizo, y aún no habíamos hecho nada más que empezar. Para resumiros, lo celebramos, le compramos un regalo y flores a mamá, pero Nico alcanzó los 39º C a media tarde. Aún le recuerdo rojo como una ascua, temblando y tumbado en nuestra cama, mientras ella le hacía mimos y yo le daba Apiretal. Y recordaré para siempre, curiosamente, que durante toda la noche tuvo los tobillos ardiendo. Por cierto, en internet encontraréis miles de foros en los que se discute sobre si es mejor este medicamento o Dalsy. Para que os hagáis una idea, si es que yo lo he entendido bien, la diferencia es la misma que entre un Termalgin y un Ibuprofeno. Y en la práctica, el efecto del primero tarda más pero dura más, y el efecto del segundo tarda menos pero dura menos. O algo así.

Un par de visitas al médico, termómetros, Apiretal, Rhinomer… Aparecen los mocos y se instalan en su pecho. Desaparece la fiebre y duerme mucho, emitiendo un sonido similar al de un jabalí roncando. Pobre. Y conserva el buen humor, con sus sapos colgando de la nariz. Ahora está mucho mejor, incluso bajamos al parque este sábado.

2. Pocoyó o Caillou

En esta vida hay que tomar decisiones, Nico. Hay que elegir, no se puede ser del Barça y del Madrid; el mejor grupo de la historia tiene que ser o los Beatles o los Rolling; zurdo o diestro. Y por esa regla de tres, hay que decantarse por uno de los dos héroes de la infancia actual: o Pocoyó o Caillou.

Pocoyó es un niño de unos tres años, vestido de azul y muy activo, que tiene tres amigos principales: un perro inteligente, un pato con gorro y un elefante rosa con tutú. Lo normal. Habla directamente con su narrador, como si fuera un personaje de Pirandello.

Caillou es un niño de unos cuatro años, perspicaz y calvo, que vive aventuras en un mundo más real. Le gusta esconderse.

Es probable que aquí se nos haya visto ya el plumero. Nosotros somos más de Pocoyó. De hecho tenemos uno de sus libros, en el que te enseña las formas y los colores, una obra bien hilada aunque con un final previsible. No queremos influiros, pero es mucho mejor un niño azul que hace lo que le da la gana en un universo blanco y paralelo, al estilo Matrix, junto con los tres animales favoritos de todo niño: el perro, el pato y el elefante. Si no estoy mal informado, el nombre de Pocoyó salió del hijo del creador del muñeco azul, que rezaba mal el ‘Jesusito de mi vida’ (“eres niño pocoyó”, decía ese niño). Nosotros no rezamos mucho, la verdad…

Caillou es un niño que descubre el mundo real con sus padres y sus abuelos, y sus amigos más cercanos son su hermana y su gato. Igual que Pocoyó, siempre lleva la misma ropa -es uno de los misterios más frecuentes de los dibujos animados- e igual que Pocoyó tiene un melón descomunal y desproporcionadamente grande.

Queremos que vosotros también votéis.

3. Pelo rapado o silvestre.

Esta es una disyuntiva que se me ocurrió el sábado, al encontrarnos con uno de los amigos de Nico, al que sus padres habían podado el flequillo como habían podido -estaba guapo, eh-. Recuerdo que antes -seguramente a mí también- se rapaba la cabeza a los bebés de meses, bajo la premisa de que el pelo “crecía así más fuerte” que si se dejaba salir de forma silvestre. Sin embargo, esa tendencia la encuentro cada vez más en desuso. Ninguno de los niños que yo conozco ha tenido que pasar por la maquinilla. Y en los blogs que he mirado, se suele afirmar que es un mito sin demostración científica.

4. Con o sin chocolate.

Qué disyuntiva más tonta. Con chocolate.

Aquí voy a detenerme. Seguramente haya nuevos capítulos sobre disyuntivas en el futuro, y contaré con vuestra ayuda en muchos casos. Hoy elegimos Apiretal, Pocoyó, sin afeitar y con chocolate.

-Cuánto tiempo, amigo, ¿cómo estás?

[Sí, es verdad que no iba desde hace mucho. Como ya no salgo de trabajar tan tarde ahora ceno en casa e intento comer mejor. Pero por una nostalgia extraña y porque tuve que salir casi a las once de la noche a comprar comida para gatos, decidí ir a mi establecimiento de bocadillos árabes favorito, el de la plaza del Realejo, a recordar viejos tiempos de salsa de yogur].

-Bien, estoy bien. Es verdad que hace tiempo que no nos veíamos.

-¿Y tu niño, amigo?

-Muy grande, ya con catorce meses. Ahora es muy divertido, porque interactúa, empieza a andar, come de todo… Me lo paso en grande con él.

-Ah, claro.

[La conversación se desvía unos momentos por temas laborales, la crisis y tal, con este conocido y extraño acento, mientras me prepara la cena. Ya no recuerdo si él era palestino o jordano. Es una buena persona. Joven, en forma, siempre optimista. En los tiempos de aquel trabajo tan duro se convirtieron, él y sus socios del establecimiento, en una especie de oráculos, o asesores, o algo así, porque les encantaba opinar en base a su experiencia propia. Jamás mezclaron religión ni política en los consejos que me dieron. O simplemente eran personas agradables que te daban puntos de vista distintos a los usuales. Volvemos a hablar de niños]

-Es que tener niños es muy bueno, amigo.

-Claro que sí.

-La gente se preocupa mucho y creen que no se puede tener niños. Que hay que tener mucho dinero para eso. ¿Y sabes? Eso es mentira.

-Claro. El dinero que tienes es el mismo, pero lo organizas de otra forma, nada más.

-¿Verdura toda?

-Sí, sí, ponle de todo. Para una vez que vengo…

-Yo tengo una filosofía para la vida, ¿sabes? No nada de religión, no tiene nada que ver. [¿Véis lo que os decía?]. En esa filosofía yo creo que no puedes luchar para ser rico. Hay que trabajar, pero eso no va a hacer nunca que te llegue el dinero más.

-¿Quieres decir que la fortuna nos busca a nosotros y no nosotros a ella?

-Algo así. Mira, yo conozco gente en mi país que tiene quince hijos…

-¿Quince?

-Sí, quince. ¡Y viven como ricos! Pueden hacer lo que quieran y van felices. Y conozco a otros que sólo están preocupados por el futuro, por tener mucho dinero y muchas cosas, y trabajan 24 horas al día para conseguirlo y no lo consiguen jamás teniendo un solo hijo.

-Sí, que antes de que nazca el niño ya están pensando en lo que les costará la universidad…

-¡Claro, eso no puedes saberlo! Mira amigo, yo te digo que detrás del dinero hay algo inexplicable. Es una fuerza, un orden, si quieres llamarlo un dios, llámalo un dios. Es como la naturaleza, se mueve a su manera. Y no puedes obsesionarte con conseguirlo, porque si él quiere venir a ti, vendrá. Lo que hay que hacer es tener un trabajo que te guste y poder vivir de él, pero la fortuna.. Ah, esa no se consigue persiguiéndola.

-Puede que tengas razón. Una cosa es el trabajo, otra la vida y otra la suerte. Nosotros las desarrollamos y ellas se mezclan solas.

-Bueno, es mi filosofía. Recuerda, detrás del dinero hay fuerzas extrañas, amigo.

-Pensaré en ello, gracias. Nos vemos pronto.

-¡Un saludo a tu mujer y tu hijo!

……………

Ahora mismo no recuerdo si me dio la vuelta…

Vamos a tener que tomarnos un poco más en serio esto del blog… Han sido muchos días sin actualizar. Como esta Semana Santa -la semana del ‘Torrón’, como dice un amigo nuestro- nos hemos quitado de enmedio, pues ya nos hemos liado y ni hemos escrito ni nada. Disculpas.

Nico, su madre y yo estuvimos en Nerja, destino familiar materno por excelencia. Allí hemos recorrido su calle Diputación y su Balcón de Europa, con su Alfonso XII aguantando las tonterías de los guiris. Hasta Nico se rió de su bigote, y yo de su estatura. Bah, un monarca de tantos.

No pudimos huir del ‘Torrón’, en este caso el nerjeño. Vimos como paseaban a sus muñequitos con sus velas y aporreaban sus tambores mirando al infinito, mientras las autoridades admiraban el desfile con sus cetros y sus gorros de plástico. Nico meneaba la cabecita de lado a lado con los ritmos porrompomperos. “Música, al fin y al cabo”, debió pensar, “así que bailemos un poco”. Lo curioso, o ambiguo, de la Semana Santa en un destino tan turístico e internacional como éste es la mezcla de la señora devota de su imagen, con el alma en vilo, y el extranjero en bermudas comiendo un helado y paladeando tanto exotismo buñueliano junto a ella. No hay tanto agobio como en las capitales, que se colapsan con tantos paseítos, pero al final parece menos auténtico. Una imagen que lo resume: en la plaza principal, con el muñequito en suave bamboleo, un cantaor con pañuelo negro al cuello asoma una saeta por el balcón más lucido del segundo piso y la deja caer desde lo más profundo de su garganta ante el asombro y el silencio de los presentes. En el primer piso, justo debajo, un turista canoso con sandalias sale a fumarse un cigarro mientras su hijo regordete y pelirrojo graba la escena con su teléfono móvil de última generación. Y abajo, todos nosotros sin saber a qué piso mirar.

Una burrada

Además, en estos días el enano ha lucido su gorra gabacha, ha probado helado de varios sabores, ha vacilado a los niños que iban en carrito -“Nico, calla, deja”-, ha gateado, andado, subido, bajado, dormido, etc.

Pero lo mejor, lo mejor de lo mejor, ha sido ir al Refugio del Burro de Nerja, más conocido como el Nerja Donkey Sanctuary porque lo llevan extranjeros con mucho arte. Allí repartimos dos cubos enteros de zanahorias y pan duro entre burros, mulas, ponys, caballos, cabras y otras especies. También había humanos, pero comían otras cosas. Fue asombroso ver cómo Nico era capaz de meter con sus finos deditos entre los dientes grandes como ajos camperos de los equinos aquellos trocitos de comida. Sin ningún miedo, como quien acaricia un gatito, y eso que era la primera vez que veía animales así de grandes.

“Mira cómo quiere al cerdito”, escuché mientras Nico abrazaba desde su estatura a un cerdo vietnamita al que le dábamos pan duro, gordo gordísimo, una nube negra con pelos que se desplazaba a trompicones sobre sus cortas patas, simpático y dócil. “En otros países es un animal doméstico”, nos indicaron. Difícilmente lo será si su amo siente lo que en ese momento sentí sobre mi pie derecho. Con un solo pisotón, con su pequeña pezuñita, el cerdito vietnamita colocó sobre mis castigados deditos toda su simpatía, similar en tonelaje a la de un vagón de carga. Hasta en la frente tenía grasa. Y Nico le abrazaba con ternura.

Hay que reconocer que estos extranjeros, los propietarios y promotores del santuario del burro, son muy distintos a los que van a comer helado y torrarse en la arena. Se afanan en intentar decir palabras como “peligroso”, “amable”, “latigazos”, o “abandonado” en castellano a los visitantes españoles como nosotros, y le dan una segunda oportunidad a ejemplares bellísimos y adorables. Desde primera hora están organizando paja, agua, comida y cuidados médicos para estos animales, que en muchas ocasiones llegan lesionados para después renacer en sus manos. Todo con donaciones y sin nada que ocultar. Si pasan por Nerja, no se lo pierdan.

Por fin, un diente

No queremos dejar escapar esta oportunidad de actualizar el blog sin anunciar que en la encía inferior de Nico ya asoma un granito de arroz que acabará siendo un diente. ¡El primero, por fin! Va a salir cuando ya ha cumplido 14 meses, y lo normal es que salgan antes (hay niños con seis meses y varias piezas ya luciendo en su sonrisa), pero no había razón para alarmarse. En esto de la dentición cada niño es un mundo, así nos lo han dicho varios pediatras, lo hemos leído en libros sobre infancia y lo hemos corroborado con otros padres y madres. A unos les salen enseguida y a otros cuando ya están andando. “Tú no te preocupes que cuando le vaya a dar un beso a su primera novia seguro que ya tiene dientes”, decía su abuela. Pues va a tener razón. Nico, tu primer bocata de jamón serrano ya está un pasito más cerca…

Además, el enano ha lucido su gorra gabacha, ha probado helado de varios sabores, ha vacilado a los niños que iban en carrito -“Nico, calla, deja”-, ha gateado, andado, subido, bajado, dormido, etc.

Un gran fin de semana. Nico descansa en su carrito, suspirando, despeinado después del trajín que acabó ayer por la tarde. Ha visto de cerca un buho real y una lechuza, tortugas y mariposas tropicales, puzzles grandes de madera… Ha metido sus manos en sustrato universal, ha probado el tiramisú, ha ido a casa de Lola, de Enea, ha cambiado la hora para adaptarse a la primavera, ha descubierto el tobogán y ha visto skateboarding… Vuelve a suspirar y da otra vuelta en el carrito.

Los que no han ido nunca al Parque de las Ciencias dejan escapar una oportunidad como pocas. Sobre todo los que tienen hijos o sobrinos. Este museo abarca mucho más de lo que parece, y debería ser uno de los grandes orgullos de esta provincia. Olvídense de las matemáticas o la física de los libros. Allí hay robots parlantes, animales exóticos, exposiciones vivas, juguetes didácticos… Sin embargo, ahora mismo -y desde hace unos meses- exhiben una muestra de animales disecados con el subtítulo de ‘El arte de la taxidermia’ que no sé yo… Supongo que sí que tendrá su arte eso de vaciar animales y manipularlos para que aparentemente estén vivos y en ‘pause’, y que no tendrá nada que ver con ningún tipo de maltrato a estas especies. Es cierto que impresiona mucho ver a un elefante congelado con toda su envergadura. Pero es que no sé yo… Tamara y yo lo miramos con cara rara, Nico se frota el asa del chupete con la mano derecha mientras succiona, que es lo que hace cuando no termina de comprender. Es como si a este elefante le faltara algo. Respirar, será eso, que no respira. Mejor nos vamos a ver a la lechuza, que está viva, aunque la pobre se cree que el cuidador es de su familia y le llama con dulzura (“Crruaaaairrg, crruaaaairrg”), una llamada a la que Nico responde sin sacarse el chupete de marras (“¡Grruuuuuuuu!”). Como a la lechuza le dé por venir, menudo susto.

Bola de Oro

También hemos estado en las nuevas instalaciones municipales de Bola de Oro. Tan nuevas son que hasta los bancos de madera estaban aún envueltos en plástico de burbujas. “No, si esto no está estrenado, es que nos hemos metido todos a jugar porque ya estaba listo”, nos explicó una madre. Efectivamente, además de toboganes, casas de plástico, mesas de ping-pong o fuentes, hay dos grandes pistas de skate con todo tipo de rampas de cemento, otra pista de tierra para BMX y una pista pequeña para bailar breakdance (o eso anuncian) y ya están llenas de chavales con sus cascos (de música, no de seguridad), sus pantalones de colores y sus tablas. Dice el PSOE que estas pistas ya están dando problemas, pero nosotros no vimos ninguno en toda la mañana. “Hay que ver que los niños ya lo han pintado; a ver lo que les dura”, añadió la madre con sus botas llenas de polvo. Cualquiera le explicaba lo que es un grafitti.

Recuerdo que cuando trabajaba en el periódico recibimos quejas de vecinos de la zona porque los skaters hacían ruido y bebían cerveza. Los chavales respondieron en una carta firmada por unos cuantos en la que pedían respeto para lo que consideraban un deporte urbano. He de decir que estos chicos escribían mucho mejor, con más educación y más argumentos que el colectivo vecinal. Cosas de la vida. Yo habría dado mucho cuando era chaval por tener unas pistas así y grabar videos como éste -mi tabla, una Gordon&Smith naranja que ya debe ser pieza de coleccionista, qué recuerdos-. Y encima en Bola de Oro, que no sé lo que significa, pero suena bien.

Mientras veía cosas así, con mis pantalones de domingo y mis zapatos negros recién embetunados, me sentí un poco carca. Les miraba desde el tobogán azul de plástico, que está bien, sí, y Nico le ha perdido el miedo a deslizarse por él, pero a mí también me gustaría tirarme por una de esas rampas… Qué narices, sigo teniendo esa pequeña cicatriz en el tobillo. Y ese tobogán estaba aún sin inaugurar, nos habíamos saltado una norma para practicar ‘toboganing’. ¡Hijo mío, ya eres un rebelde urbano! ¡Estoy orgulloso!

Ahora Nico se despierta en el carrito, suspira una última vez y me mira con un ojo entreabierto y frotándose el asa del chupete, como preguntando: “¿Pero en que estás pensando?”. No, no, en nada, déjalo.

“Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto”.

Que nadie se asuste. Son unos versos de Neruda que memoricé con menos de veinte años por el simple gusto de memorizar.

De pequeño, con ocho o nueve años, iba a un colegio gigante en Madrid que parecía Gotham City en el que también me hacían memorizar poesías. Recuerdo perfectamente mi habitación en la calle Ardemáns, la luz castiza y metalizada de patio interior que entraba por la ventana -aquella ventana que escuchaba mis repeticiones-, las cortinas que ondeaban a cámara lenta como banderas de rendición, la persiana torcida y mi mesa, de la que no me levantaba hasta que podía recitar aquel soneto de principio a fin sin volver a mirar el libro, yo en calzoncillos y camiseta, y el calor seco trepando por el respaldo de la silla. Pero no recuerdo ni una sola palabra de aquella poesía larguísima, que después conseguí recitar a mis padres de un tirón y que me reportó una buena nota en Lengua y Literatura. No era un método didáctico muy acertado diría yo.

Un par de años después, en Vélez Málaga, en un colegio de monjas humilde y pequeño en el que sólo existían el azul oscuro y el blanco virginal, gané un certamen interno de poesía. Las obras presentadas, según las bases, debían estar dedicadas a la Navidad cristiana (ay, si Sor Rosario me viera ahora). Gané una gran bolsa de chucherías. No era un premio simbólico, era de verdad la recompensa: un kilo de azucar, colorantes y goma. Mi trabajo hacía una metáfora algo pueril con los polvorones, creo. Tampoco es algo muy pedagógico.

Sí creo más en métodos como el que se emplea en el festival ‘Poesía para empezar’ de La Huerta de San Vicente. He presenciado como los chavales aprenden este género minoritario con técnicas mixtas y disfrutan de lo lindo. Este año participan más de 40 colegios. A los niños se les obsequiará con una especie de ‘pasaporte artístico’ cuando terminen su ‘sesión’. Y no se memoriza por memorizar ni se premian con gomas las odas a la virgen.

La Huerta de San Vicente era la casa de veraneo de la familia Lorca en Granada. Está dentro del parque que lleva el nombre del poeta, en lo que antes era Vega de Granada y ahora es pura urbe. A pesar de los clichés de la alargada sombra del autor de ‘Yerma’, esta institución es un ejemplo a seguir por otras ‘Casas-museo’, mucho más estáticas. Además de ‘Poesía para empezar’, la iniciativa de ‘La verbena con títeres’ es maravillosa (Nico está deseando ver su primera edición, este verano; o yo al menos estoy deseando llevarle, ya veremos qué le parece tanto niño y tanto guiñol), los conciertos son de una calidad internacional y además es escenario para otros muchos festivales de Granada. No entiendo muy bien la dirección de su Patronato, pero bueno, el caso es que funciona.

Otra educación es posible

No es nada fácil lo de elegir educación para un hijo, dicho sea de paso. Ahora se abre el plazo de inscripción en escuelas infantiles en Granada y nos toca estar atentos. Nico aún recuerda con pavor el intento del año pasado, que fue muy breve (“Quita, quita, ni me lo mientes”, me dice con el chupete). En pocos días decidimos que era demasiado pequeño para pasar por aquello y que este primer año iba a estar con nosotros (y su abuela) en casa. Perdonad que lo digamos así, pero es que eso de “que los niños se socialicen cuanto antes” son pamplinas. “Un niño se socializa más saliendo a la calle con su padre y su madre y viendo un coche, un perro, un anciano, un niño y un pájaro que encerrado en una habitación con otros seis como él sentados en tronas”, nos dijo un pediatra. Claro que aquí entramos en el terreno de lo posible; no todos los padres pueden organizarse para cuidar a su hijo y necesitan una guardería. Que sea la mejor posible, entonces.

El próximo septiembre Nico sí que va a ir, pero andando por su propio pie, con casi dos años y agarrado a nuestras manos. Hay que ir con cuidado. Una cosa es ser un educador cariñoso, otra que te gusten los niños y montes una guardería privada, otra que creas que un aparcamiento de bebés pueda ser rentable y otra muy distinta que seas un profesional de la educación. Nico, su madre y yo, nos hemos encontrado de todo en nuestra búsqueda. También hay que tener en cuenta que existen otros métodos pedagógicos que se practican con toda naturalidad en otros países y que aquí aún se catalogan como ‘raros’. Yo mismo, víctima de mis prejuicios y mi oreja carca -tengo una oreja carca y la otra progre-, tiendo a cuestionar estas novedades por mi desconocimiento. Hemos encontrado una escuela que sigue el método Waldorf en la Alpujarra pero está demasiado lejos como para plantearlo de momento… Y también nos hablaron de otro centro que se llama Montessori cerca de nuestra casa, pero curiosamente, al llamarles por teléfono, nos dicen: “Nos llamamos Montessori, pero no seguimos su método”. Como si yo montara la ‘Pescadería Luis’ y dijera: “Nos llamamos pescadería pero vendemos pan”. Allá cada cual.

Este año aplicaremos todo lo que aprendimos el anterior en nuestras pesquisas. Le hemos echado el ojo a determinados centros infantiles y vamos a iniciar la aventura. Deseadnos suerte.

Escuela Infantil Waldorf de la Alpujarra

No voy a disimular. Ayer fue el Día del Padre. Teniéndo en cuenta que Nico tiene casi 14 meses (ese casi es importante, eh), éste es el segundo Día del Padre que vivimos juntos, aunque del primero la verdad es que ni nos acordamos. Mientras yo intentaba no gimotear con las historias de padres e hijos que se oyeron en ‘Esto me suena’ por la radio, llegaba a casa en un paquete nuestro regalo propio de la celebración de San José (ese gran padre putativo). Os presento a mi nueva cámara:

Es una lomográfica, modelo Diana Mini, con flash y filtros de colores. Un juguetito analógico que hace fotos imperfectas pero muy bonitas. Ya teníamos una Diana+ de las grandes y esta es su hermana pequeña. Por supuesto, ya la hemos estrenado. Pero al ser analógica, el revelado estará listo para recoger el martes. Así que no podemos enseñaros nada todavía. Nico la encuentra interesante, aunque cree que el flash es un invento del demonio para dejar ciegos a los niños.

Nuestro parque

Más que nada, nos hemos hecho fotos en el parque, nuestro parque. ¿Qué sería de un niño o niña sin estos espacios urbanos abiertos al esparcimiento? Yo de pequeño siempre cantaba una tonadilla que decía algo de un parque con mono al que le tirabas cacahuetes (“cacahueti” en la letra de la canción) y se los metía por el final de la espalda. Seguro que alguien más la recuerda. Yo jamás vi tal proeza.

Nico, su madre y yo vamos al que hay en la calle Seco de Lucena del Realejo, justo detrás de Santo Domingo.  Es relativamente pequeño (a Nico, que mide unos 70 centímetros, le parece Brasilia), con aire moderno y lo tenemos justo debajo de casa. Allí nos encontramos con Lola, Enea, Juanito, Diego y otros ejemplares de la misma edad que Nico. También con perros, que como ya dije, es una de las dos grandes aficiones del protagonista de este blog.

En el parque jugamos a un juego muy divertido. Se llama “Vamos a la tierra a coger una piedra y luego nos acercamos al estanque con cuidado de no caernos dentro y la tiramos al agua para después volver a la tierra a por otra piedra”.  Otro día os explicaremos en qué consiste. Lo más gracioso es ver a Nico intentando dejar caer la piedra dos metros antes de llegar al borde del estanque, no vaya a mojarse.

Deportes

Es un parque muy mono y aprovechable, con tierra, suelos de madera, agua, un poquito de hierba, árboles, etc. Pero tiene un defecto, en mi opinión y en la de otros (que ya hago yo un pequeño sondeo antes de comentar aquí nada) que antes no tenía. Este invierno plantaron una serie de aparatos de hierro verde, con asas de goma negra, para hacer ejercicios tan gratificantes como girar la cadera de un sitio y otro. Uno simula el efecto de remar en una trainera, otro te acerca al esfuerzo que se hace con el esquí de fondo, otro es igual que una máquina de hacer pectorales de un gimnasio en la que el peso a levantar es el del propio usuario. Desconozco el número de deportistas que pasan por este remoto parque por las mañanas para hacer uso de estas máquinas, y aún no me he encontrado con ningún niño vigoréxico en el barrio. Yo mismo soy poco amigo del deporte (ay), y siempre alego que correr es de cobardes. Pero considero que atendiendo al público infantil de este parque con piedras y estanque, serían mucho más beneficiosos y divertidos un columpio, un tobogán, un túnel o un castillo por el que trepar, para que estos niños hagan ejercicio, pero el propio de su edad. Ahora mismo, para esta tropa pasar cerca de estas máquinas en funcionamiento es un deporte, pero de riesgo. Opinen ustedes si conocen el parque del que hablo.

El pez grande

Por último, quisiera dejar una lagrimita. Los que nos conocen saben que Nico y yo somos unos sensibleros de cuidado. ‘Big fish’ es una maravillosa alegoría que, en el fondo, habla sobre una relación de padre e hijo. Hace unos días me preguntaron con qué películas había llorado y se me olvidó citar ésta. Madre mía, hasta hipo me dio con el final. Feliz día del padre, con un día de retraso, para los que lo quieran oír.

Nico y yo nos estrenamos en esto de hacer blogs. O blogging. O como se llame. Vamos a intentar dar desde aquí nuestro punto de vista sobre aspectos tan trascendentales como la paternidad, la familia, la infancia, la educación, la pediatría o los mocos acuosos. No porque seamos gurús en la materia, ya que más bien estamos aprendiendo poco a poco -como diría Mafalda, nos sacamos el carné de padre y el de hijo el mismo día-. Más bien lo hacemos porque las cosas cambian mucho cuando las miras como responsable progenitor o como tierno infante. Qué sencillo es todo en realidad, ¿verdad, Nico?

También somos un poco cafres, a veces. Pero eso ya lo iréis descubriendo.

Por lo pronto, nos presentamos. Yo soy Luis, un madrileño criado en Málaga y afincado en Granada. Él es Nico, el hijo del anteriormente mencionado Luis y de su novia Tamara, que llegó al Realejo justo cuando la pareja cruzaba la barrera de los treinta. Yo soy periodista -ay, qué cruz-, y no sabía que algún día sería padre, ni que sabría serlo, ni mucho menos que me gustaría tanto . A él le gusta comer y los perros. En ese orden. Intentamos desarrollar nuestras facetas dentro de unos hábitos saludables e higiénicos, sin desquiciarnos pero tampoco chupando piedras. No siempre acertamos. Y Nico aprende más rápido que yo, todo hay que decirlo.

Su madre, mi novia, sí que se sabe bien la lección. Digamos que se lo ha currado de verdad, y cuida mucho nuestra alimentación y nuestra salud. Nos da todo lo mejor, está preparada y podría dar clases del tema.

Aquí contaremos lo que ella nos enseña, lo que nosotros aprendemos sobre las cosas -principalmente metiéndonoslas en la boca para ver a qué saben-, lo que otros opinan, las cosas que nos afectan de Granada, lo que nos gusta y lo que no. Cosas de tíos, claro, porque somos tíos.

Una vuelta por el otro barrio

Hemos decidido empezar por una de nuestras aficiones favoritas: ver videos de Barrio Sésamo. Es difícil encontrar capítulos de esta serie en la programación televisiva actual, por lo que buscamos en un canal de youtube dedicado en exclusiva a las aventuras de Elmo, Gustavo (Kermit), Tricky (Cookie Monster), etc. Sí, están en inglés, pero a Nico no le importa demasiado, se entera lo mismo de los argumentos. Somos fanáticos de las actuaciones músicales, y si bien la de la cantautora canadiense Feist (que canta “1,2,3,4” para monstruitos) es una de nuestras favoritas, hoy vamos a destacar la canción que Adam Sandler le escribe a Elmo. Nico empieza a dar palmas en cuanto aparece su colega colorado en pantalla. La historia es la siguiente: como ninguno de los dos amigos encuentran una palabra que rime con ‘Elmo’, se inventan palabras nuevas para poder cantar. El final es apoteósico. Pura catarsis.

Una de las cosas que más admiramos de este programa infantil, y no encontramos referentes españoles salvo la ya anticuada ‘Bola de Cristal’, es la proliferación de cameos de cantantes, actores y artistas que literalmente se pirran por hacer un sketch con estos peluches. Es algo que han cuidado desde hace decenios y su archivo es impresionante (de Johnny Cash a Jason Mraz pasando por Stevie Wonder, Ray Charles o Paul Simon, el rapero LL Cool J o el actor Jack Black). Merece la pena.

La astilla y el palo

Somos padre e hijo. Yo tengo treinta y tres años y él treinta menos, lo cual nos da una perspectiva distinta de las cosas. Vivimos en el Realejo, en Granada, y aquí decimos lo que queremos decir. Faltaría más.

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